miércoles, 31 de diciembre de 2008

¡Feliz 2009!


Querencias

Los cariños son como las cajas, los hay de todos los tamaños, formas, colores y texturas pero siempre, saben a pan recién horneado. Hay cariños huracanados que llegan y arrasan con todo a su paso; otros son como tenue lluvia que, de poco en poco, acaban por empaparnos. Hay cariños efímeros como flores del desierto y también, aquellos pasajeros de estación; hay los que rompen las barreras de los años, e incluso, los que sobreviven a la muerte. Hay cariños que huelen a claveles, otros a colonia Sanborn's, otros a Shalimar; a veces llegan con aires de sardinas fritas y torrijas, otros de mole negro y pisto manchego, de chuletas de cordero con alioli, pero las más, de merengues rellenos con crema de nata. Hay quienes buscan un cariño toda su vida, hay quienes lo encuentran en cada esquina y hay los que lo otorgan en cada sonrisa. Hay cariños que se contornean al ritmo del fandango, o de las jotas, o de los sones, la bossanova y el merengue, hay cariños que unen los corazones al cantar y otros, tímidos, que ni siquiera se atreven a bailar. Hay cariños que ladran y otros que maúllan, otros son silenciosos o estruendosos, unos te abrazan temprano por la mañana y otros, te llaman por la noche. Hay cariños que soñamos y otros que vivimos, hay cariños que guardamos bajo nuestra piel. Hay cariños que aumentan y otros que disminuyen hasta que de pronto, se pierden sin ruido alguno; también los hay que se congelan y un buen día, salen a flote de nuevo. Hay cariños que no sabíamos que teníamos hasta que un día, vienen y nos sorprenden, y se instalan en medio de la fiesta. Hay cariños desnudos y otros, recubiertos de acero con relleno de gelatina; hay los que tocan a la puerta y los que entran sin avisar. Hay cariños en una escuela con una casa blanca, y en un castillo y en otra escuela frente a la fuente y en otra más que tenía un puente y que hoy tiene una biblioteca, hay cariños familiares y cariños en edificios con nombres de letras, también de facultades y cafeterías, y en los séptimos y cuartos pisos. Hay cariños del norte y de las montañas, otros allende el mar y la luna y todavía, más allá, en el Universo. Hay cariños de carne y hueso, otros también, pero a los que nunca hemos conseguido abrazar y otros a los que nunca, logramos conocer. Hay tantos y tantos cariños que hoy, a todos ellos, quiero agradecer por llenar mi corazón de tanta cosa buena.

Comienzos


Ella no lo sabía, ni yo tampoco. Habíamos caminado durante mucho tiempo, tanto que ya no teníamos recuerdo de otra cosa más que del sonido hueco de nuestros pasos sobre el suelo. No cruzábamos palabra porque era un gasto innecesario. Habíamos dejado atrás el pasado sombrío, mientras que el futuro incierto se acercaba a cada metro recorrido. La sucesión de pasos era nuestra única razón de existencia en tanto no hubiésemos llegado. A lo lejos, la silueta de una casa asomaba y la única luz posible, provenía de una bombilla que coronaba la entrada. Los pasos concatenados fueron aumentando el ritmo mientras la oscuridad se tragaba el camino andado, sabíamos que la ansiada meta se acercaba. La cuesta arriba se hizo interminable cuando una luz se encendió en el interior. Al llegar, la puerta estaba abierta. Entramos y así fue que comenzó la historia.


Imagen que acompaña de http://foqui.blogia.com

lunes, 29 de diciembre de 2008

Allegro giusto


Desde el paraíso, escribo. Me he fugado a otra dimensión luego de algunas cortapisas, presentes en todo viaje. Sin martirios espacio-temporales y libre del reloj, soy más yo. La intensidad es una cuestión efímera que a ratos me sorprende, como los verdes y los terracotas del camino. El silencio me envuelve y promete descanso, siempre y cuando el refrigerador deje de hacer tanto ruido. La tarde se evapora tras la bruma del invierno mientras un coro de aves le pide que se quede; ella sigue su curso, inmutable.
Hace ya varios días que estoy en mi propio recuento de poemas. La métrica sigue y sigue pero la rima es cada vez más disonante. Tengo que organizar las palabras mientras las letras adoptan formaciones desconocidas que estimulan los sentidos y me pierden en el camino. Dejarse llevar sería más sabio aunque más peligroso, terrible dilema. A lo lejos, los ladridos anuncian una bicicleta que pasa.
Montones de viandas, arrumacos y besos, han sido asimilados durante estos días y forman hoy, parte de mi cuerpo. Pletórica de cariño y sabores, me enfilo hacia esta segunda parte de la vacación en la que el recogimiento y la introspección llevarán la voz cantante, o al menos, ese es mi deseo. Voy a perderme en los libros, ese es un aviso. Quisiera lograr resolver mi trivia personal de vida y arrancar desde otro lugar interno al primer minuto del año que, casi casi, nos cae ya encima. Muchas caras pasan aún por mi cabeza a sabiendas de que no las he olvidado, nomás me las reservo para un poco más adelante. La fórmula secreta está por revelarse. Mientras tanto, he dejado el corazón en una banca en la que, si quieren, pueden ir a buscarlo. Por hoy, los ecos del barroco me abrazan y me recuerdan que aún queda mucho por hacer.

Acuarela de mujeres


Me pinto las esquinas de colores para retar a la luz. O para retratarla, ya ni me acuerdo. Salgo toda cuadrilátera a enfrentar al mundo pero en el camino me voy paralelepizando, o como sea que se pueda decir al hecho de transformarse en paralelepípedo que, de paso aclaro, no es más que un cartón de leche para aquellos que desconozcan las enseñanzas del buen Euclides. Por mis vértices traspiro las últimas doscientas cenas que no he tenido tiempo de evacuar, en esta época se sucede todo muy rápido y me voy alineando con el solsticio equinóxico que llevo en el corazón. Soy una línea continua con interiores y exteriores, según los puntos que se trazan y las líneas que los unen. Los estoicos me hubiesen regañado, qué bueno que no están hoy por aquí. En mis convexiones y trashumancias sueño que vivo y Lope pasa y me da un puntapié para despertar, menos mal.
Conozco a una mujer que cocina un día sí y un día no. En la cabeza lleva puesto un reloj, que no es sino un calendario que sirve para contar los días y saber en cuál de ellos debe cocinar. Es lo que pasa con esta vida actual, se pierden los puntos cardinales y hay que dejarle la responsabilidad a la tecnología, esperando que el día en que se vaya la "luz", como le dicen, nos lleven la tostada, la oscuridad y la modernidad, todas juntas. Esta mujer se sienta al calor de las ollas mientras pasan los minutos y asa papel luego de que el agua frita espera sobre un platón, llenando la casa con aromas de la infancia.
Hay otra mujer que mientras tanto, en el comedor, huye del "ex" que la persigue. Ella le ha repetido hasta el cansancio que no quiere verle, él debe ser sordo y continúa persiguiéndola. Ella se cambia de comedor, repetidas veces, para perderle la pista pero él insiste, o es muy terco o muy bruto, o probablemente tenga algo de las dos. La he invitado a mi sala, a ver si así funciona y se deshace de él de una vez por todas, pero prefirió tomar un vuelo con destino al ocaso y desde entonces no he sabido de ella, tampoco de él.
Una mujer borboletea como revoltosa. O aletea como mariposa para que me entiendan. A su lado, otra mujer languidece bajo las sabanas de África sin decir ni mú aunque de vez en cuando, desenrosca su larga lengua pegajosa y caza una mosca en un "tris trás". El amor no dura para siempre y los chocolates se han terminado, menuda indigestión. Suena el tic-tac y sé que es el cocodrilo que anda buscando al capitán, es hora de cenar. Una tercera mujer deshace su trenza y sopea las puntas del cabello en un chocolate espeso, tiene cara de concupiscencia invertida y eso no sé qué signifique pero suena impresionante. Con sus ojos de ébano, deja marcas en mi piel que me recuerdan que la leche estaba en la estufa, ahora me parece que huele a quemado.
De pronto suena el teléfono, se ha roto el hechizo. Desde el otro lado del mar, oigo una voz delgada de mujer que me dice "tiempo transcurrido, para continuar deposite otra moneda", y yo que no traigo cambio...
Imagen que acompaña: Paul Gauguin (1894), Mahana no atua.

domingo, 28 de diciembre de 2008

Cada quien sus vicios

A últimas fechas me sorprende cuán insensibilizados estamos todos frente a los deseos o la forma de vivir del otro. La vida de pacotilla nos ha llevado tan lejos que hemos dejado la parte que nos hace humanos de lado y parece que el camino no tiene vuelta. El vivir y dejar vivir, tan pregonado, es hoy una especie de eco que se repite a todas voces pero sin efecto alguno. Hemos creado supuestas formas que, más que conducirnos por un camino común, funcionan como camisas de fuerza que nos detienen y no permiten que nos movamos hacia ninguna parte. Las fórmulas sociales se imponen y detienen los principios fundamentales del individuo, tan vitoreados desde el siglo XVIII, para atraparle en una red de la cual es imposible, o al menos así lo parece muchas veces, escapar.
El otro día charlaba con un amigo querido que lleva varios años fuera del país y que estaba feliz por haber vuelto de visita, pero a la vez, reconocía que al estar lejos, esos defectos cotidianos mexicanos se le hacían mucho más patentes, mucho más visibles y por ende, insoportables. Esto de conducirse cotidianamente con la frase que me parece abominable de "el que no tranza, no avanza", no nos hace nada bien sino al contrario, pareciera que nos asoma a una ventana en la que el chingar al prójimo pareciera ser la única manera de vivir. Y perdón pero no estoy de acuerdo. Lo peor es que esta actitud permea muchas de nuestras acciones constantemente y nos hace unas bestias jodidas sin parangón. Por ejemplo: ¿Por qué voy a hacer la cola del súper si me encuentro con mi amigo X que está a punto de llegar a la caja? Mejor me meto y me río de la bola de idiotas que siguen esperando su turno porque yo he sido más listo que todos ellos y no he tardado nada en pagar mi cuenta. ¿Por qué no voy a entrar en ese vagón del metro si puedo aplastarlos a todos y no esperar al siguiente? Total, los aplastados son ellos, podrían hasta quitarse o bajarse del metro para dejarme su lugar. ¿Por qué tengo que pensar en no hacer ruido si es de noche y estoy en mi casa y puedo poner la música tan alto como yo quiera? Los vecinos serán los que no duerman pero mi equipo de música suena harto fuerte y yo soy el rey de la selva porque soy el dueño de este lugar. ¿Por qué no voy a insultar a esa vieja del coche de adelante que se ve que ni sabe manejar porque no arranca (a pesar de tener varios coches en frente) y le voy a decir hasta de lo que se va a morir? Me la puedo madrear en un tris, así que ni se atreverá a reclamarme y yo me divertiré al ver la cara de asustada que pone. ¿Para qué tirar la basura en su lugar? Al contrario, hay que tirarla donde sea porque así, los señores de naranja tienen chamba. ¿Por qué tengo que ocuparme de vigilar que mi hijo no esté dando de patadas al asiento del señor de al lado si yo estoy platicando con mi amiga bien agusto? Y podría seguir dando ejemplos, pero la verdad, creo que no son necesarios y todos tendremos cientos de historias personales que aportar.
Pero la cosa no acaba allí, en el plano impersonal sino llega a inmiscuirse en cuestiones mucho más cercanas, entre conocidos y sólo voy a dar un ejemplo personalísimo y que traigo atorado. Soy la bella durmiente, esto es, me fascina dormir. Hay quienes necesitan dormir poco y pueden estar al cien, pero yo no, a mí me hacen falta bastantes horas de sueño. En mi vida cotidiana, duermo muy poco, menos de lo que debería y mucho menos de lo que desearía así que los fines de semana y vacaciones me desquito y puedo dormir hasta pasado el medio día. Pero conseguir eso es casi imposible. Todas mis amistades y familiares saben de mi vicio de dormir pero he llegado a la conclusión de que a muy pocos les importa. Innumerables veces he sido despertada en sábado o domingo con palabras como ¿estabas todavía dormida?, ¡ya es hora de que te levantes! y hasta ¡no es posible que estés en la cama todavía! Hay quienes hasta en el espacio de unas cuantas horas de domingo en la mañana me han llamado varias veces, tanto al teléfono fijo como al celular y siguen llamando sin cesar hasta que furibunda, les respondo; las más de las veces, simplemente me arrancan de la cama. Hay quienes me dicen que debo desconectar todo pero siempre me pregunto qué pasaría si hubiese una emergencia. Yo fui criada con los buenos modales de que a ciertas horas, ya no se debe llamar por teléfono a menos que sea de verdad urgente, pero me pregunto cómo es que los demás entienden su parte. Si yo no llamo tarde a mis amigos que sé que se duermen temprano, por qué ellos no pueden dejar de llamarme en la mañana, cuando saben que yo duermo. ¿Es tan difícil de entender que tengo el vicio de dormir hasta tarde? En fin, esto es una catarsis. Cierto, hoy me he levantado de mala leche porque he sido despertada no por una, sino por siete llamadas entre las nueve y las once y pico de la mañana. Tenía que sacarlo de alguna manera y para variar, la que mejor se me da es esta.
A mis lectores cotidianos, una gran disculpa pues, luego de la pausa de tres semanas que me he echado sin escribir, vuelvo con la espada desenvainada. Prometo que en breve, me enmendaré.

jueves, 4 de diciembre de 2008

Se puede ver un gato sin sonrisa...

... pero nunca una sonrisa sin gato.
Completamente de acuerdo con Carroll. En el cielo, esta noche, he descubierto al de Cheshire.

sábado, 29 de noviembre de 2008

Dilucidaciones

Estoy sentada a la mesa. Paty Blue está frente a mí. Me mira desde hace rato, con gesto grave: la ceja levantada, la boca apretada y la mano en el mentón. Conozco bien el ceño, siempre aparece como nube gris en el horizonte precediendo las tormentas. El humo forma una tenue cortina entre ambas, como separándonos y avisándonos que los minutos se están yendo. No se mueve y no tiene que decirme nada, yo la entiendo. Tiene razón, no hay mucho por hacer a estas alturas. Tenía que contárselo de cualquier manera. Procrastiné la elección y ahora llega el resultado, con todos sus bemoles, me guste o no. La rueda se ha puesto en movimiento, habrá que esperar qué pasa. Siempre supe los riesgos aunque resolví que pesaban más las ventajas, es probable que me haya equivocado. Cualquiera se equivoca, pero a Paty Blue no se le va una y me siento como la más estúpida, me conoce demasiado. La gravedad de la situación me hace titubear y cuando el sabor del miedo y la duda se extienden por la lengua, reculo y sigo callada presintiendo que todo lo que diga será usado en mi contra. Miro hacia cualquier parte, no aguanto el tono severo al que estoy expuesta, quiero salir de allí. Sin embargo, nos hemos metido en un callejón sin salida y como no sea mediante una puñalada certera, no vamos a movernos hacia otro lado. Luego de una eternidad, suspiro para liberar la tensión que como alfiler se me clava en el cuello y me inunda las manos. Doy por zanjada la conversación y sin decir nada, me levanto despacio. Paty Blue sigue allí, no se ha movido un ápice y continúa irradiando dureza en su mirada. Es lo malo de conversar con fotografías, nunca te dan una respuesta.

Vorágine de todos los días

Para leer este texto como fue concebido, recomiendo escucharlo con la composición de Karl Jenkins del Dies irae a partir de la que se creó, que por cierto, me encanta.

(Percusiones estruendosas marcan el ritmo alucinante)

Abro los ojos. Salto de la cama. Café, baño, no olvidar pagos ni el libro pendiente. Los minutos cuentan, la inclemencia del reloj que cada vez pasa más rápido. Pantalones, zapatos, chongo veloz, de los aretes ni me acuerdo. Chamarra, mochila, bolsa, botella de agua, salgo al frío cuando el sol ya asoma.

Dies irae, Dies illa...

Saludo al perro, saludo al vecino, saludo a Juan Carlos, saludo al poli y salgo. Hace falta cargar gasolina pero justo ahora, no da. Sonrío y pongo cara de idiota para que este señor me deje pasar, funciona. Con la "tanque" del coche verde, no hubo suerte así que espero un poco y paso después. Me siento en el tiempo de "la hora Haste, Haste de México", mientras a lo lejos, los volcanes. La hilera de coches que nunca terminan, los rojos se suceden, no hay remedio. Vuelta, tope, coladera, este autobús es un plomazo. Microbús parado, comenta con uno de a pie, que avance por favor. Tope, otro tope, subida, tope y tope.

...Dies irae, Dies illa, Solvet saeclum in favilla...

Llego, salgo, subo, entro, hablo, salgo, bajo, subo, entro, hablo, salgo, bajo, subo, entro, hablo, salgo, bajo, entro, subo, leo, bajo, salgo, salgo más, fumo, entro de nuevo, subo, entro, hablo, salgo, bajo, entro, firmo, salgo y me voy. Todo sin pausas y mientras las horas se escapan, que no se me olviden los pagos.

...Quantus tremor est futurus, Quando judex est venturus...

Bajo, hay mucho tráfico para variar. Gasolina, aguacates, queso, flores, cajero, pagos. Hace calor. Olvidé nota de la gas, mañana paso de nuevo. Lista, súper, florero, refrigerador, olla y sartén, calentar, comer, no hay tiempo para lavar los trastes ni guardar todo, suena teléfono (¡ahora, no!), me lavo los dientes y salgo otra vez. Camino hacia arriba, me doy cuenta de que me dejé el libro de nuevo, ¡chale! No puedo volver, ni modo.

...Tuba mirum spargens sonum...

Llego, subo, saludo, enciendo, checo, café, resuelvo enlaces dobles y triples, me llaman a junta.

...Dies irae, Dies illa...

Salgo de junta, comienzo trabajo con ecuaciones cuadráticas, salto a los derechos, de vuelta a las gráficas, coca cola y pepitas, fumo, correo, hago tabla, pasa de la medianoche, checo, apago, salgo, hace frío, calle cerrada, vuelta inmensa.

...Quem patronum rogaturus, Cum vix justus sit securus?...

Llego, guardo el súper, ceno, pijama, calificaré mañana, me acuesto.

...Dies, dies, dies irae...

Fiesta arriba, no puedo dormir.

...Dies, dies, dies, dies...

Amanece.
Va de nuevo.

jueves, 27 de noviembre de 2008

Hace treinta y cinco años

- ¿Melón o sandía?- preguntó la niña.
Fue melón. Y se llamó Leonardo.

domingo, 23 de noviembre de 2008

Dos versiones

Por distintas razones, una se crea imágenes de los otros y los otros, de una. No siempre estas imágenes coinciden entre el espectador y el sujeto a representar. En particular, las dos que siguen son visiones distintas de mimisma. Ambas me cautivaron porque creo que contienen elementos de esa que en realidad soy, o al menos, de esa que sueño ser. Para los despistados, no vaya a ser la malinterpretación, estas representaciones están aquí como homenaje a los que las eligieron o realizaron, por su gran "ojo" en los detalles y porque, de alguna manera, me conocen más de lo que yo creía. Un gran beso para ambos, con todo el cariño y un poco más.


Imagen que acompaña a la derecha: Maher, (2008)... si alguien puede darme alguna pista sobre el autor o el nombre de la obra, mucho lo agradeceré.

sábado, 22 de noviembre de 2008

Estos árboles tristes que de pronto lloran

Estos árboles tristes que de pronto lloran, que se liberan del todo el día menos pensado...
Tuve una cajita en la que me guardé una vez, pero luego, el tiempo y la distancia la desdibujaron y ahora no sé más cómo encontrarla. Esperanza se sienta a la mesa del comedor y me tienta la memoria con un panquecito que dulcemente ofrece, a sabiendas de que prefiero lo salado. El perro negro y blanco del vecino ladra vigoroso al gato gris y gordo del otro vecino, que está sentado en el marco de la ventana del tercer piso; el gato ni se inmuta, simplemente disfruta del sol mientras abajo el perro se desgañita sin remedio. Les veo atributos del todo humanos mientras la tetera chilla avisando que está lista.
La emoción que la llegada del cartero me provoca es siempre única y vibrante. Sólo que a últimas fechas, me trae casi en exclusiva cuentas y propagandas, nada que valga la pena para sorprender al corazón. La era digital lo ha cambiado todo, incluyendo estos detalles que para mí, son colosales desde que tengo memoria. Recuerdo aquellos tiempos en que al avistar un sobre de procedencia lejana o ni tanto, mi mente se perdía en las posibilidades que ofrecía antes de descubrir al remitente. Luego llegaba la sonrisa al evocar la imagen de aquel cuya mano había trazado las líneas que ahora brillaban inquietas en el anverso y reverso del sobre. Un infinito de posibilidades yacía en las entrañas del pedazo de papel, a veces laqueado, otras dibujado y las más, con estampitas que recordaban al arcoiris. Me especialicé en diversas formas de abrir los sobres pero la que más me gustaba era esa de ir a buscar las tijeras para cortar, rasamente, una ínfima parte del cuerpo en forma horizontal. Voilá el secreto profundo en papel ligero, azul o blanco, o en papel más pesado de diversos tonos, colores y texturas. La caligrafia del otro era siempre un presente, una extraña sensación de tenerle allí, a mi lado. La voz del remitente, cuando conocida, seguía los pasos de mis ojos al bailar sobre las líneas. Siempre me perdía en ese mundo que alguien me abría por un momento y vivía a tope todo el universo enrevesado en líneas ahora más juntas, ahora menos: la hechura a mano no tiene parangón. Si corría con suerte, además de la carta cabía alguna sorpresa: postales, fotos, mapas, flores y papelitos que en mis manos cobraban diversos significados. Instantes capturados que se me ofrecían como regalos preciosísimos e insuperables. Y cuando ya había terminado de ver todo, volvía a empezar de nuevo. Releía muchas veces el contenido de aquellos sobres y en cada ocasión, encontraba guiños nuevos, que me contaban entrelíneas las más variadas historias.
Todas las cartas de toda mi vida siempre se almacenaron primero en una cajita, luego en una caja más grande, luego en dos y así, hasta que se desbordaron del cartón que las contenía y las más recientes se encuentran quizá bajo algunas pilas de papel esperando entrar en las cajas ahora que logre organizarme un poco, pero nunca me deshice de ninguna de ellas porque soy una sentimental. En épocas recientes, a veces llegan postales y las más, tarjetas de navidad. Pero son muy pocas en comparación a esos tiempos que ahora parecen tan lejanos.
Aún tengo un par de cajones en la casa, llenos de implementos para elaborar las cartas: una gama de papeles, postales, estampitas, sobres y quién sabe cuánta cosa más junto con una vieja libreta de direcciones, en papel reciclado y de forros con cartón corrugado, que habla de lugares diversos y del pasar de los días. En los últimos años, ha sido casi imposible el romper con la inercia trajinera laboral y lograr tener espacio para al menos, por navidades, escribir unas cuantas tarjetas para enviar aquí y allá. El problema es que tardo mucho en elaborar cada una de esas estampas de mi vida -nada de manufacturas en serie o impersonalidades que sólo estampan una firma-, que ofrezco con todo el cariño a los destinatarios. Esta vez quiero salir del marasmo y reavivar el sonido de la nostalgia, vamos a ver si la vida me da oportunidad de reencontrarme una vez más con aquella yo, que hoy ando buscando.
Estos árboles tristes que de pronto lloran, que se liberan del todo el día menos pensado, se parecen a mimisma. Hermosa similitud que, en este instante, me llena de profunda alegría y me recuerda la frase genial que decía que sólo perdiéndose es como se encuentra una. Tenía razón.
Imagen que acompaña: Árbol del Tule, Oaxaca (2008), por Ruy Mejía.

jueves, 20 de noviembre de 2008

Monólogo a dos voces

Monocleto y Segistuno se sientan a charlar llegada la hora cero para la que han esperado un mes. Monocleto quiere iniciar la conversación (no sea que el otro pretenda ganarle) pero no sabe qué decir (sueña con hablar del mejor tema del mundo) y se tarda en elegir uno para comenzar (no vaya a ser la de malas y el otro, lo tache de banal). Mientras, Segistuno piensa que ya lo ha dicho todo (a éste no hace falta decirle nada) y que hablar sería desperdiciar el tiempo (más con un tipo así), por lo que calla y mira al otro (esperando que si él tiene algo que decir, lo diga de una vez). Monocleto exclama un par de sinsentidos cuando cree tener un tema (es tan difícil iniciar un diálogo con alguien que no da tregua) y se le atora en la garganta, Segistuno se echa a reír (pero ¡qué imbécil, no puede siquiera articular!) y hiere a Monocleto profundamente (¡se está riendo de mí el pérfido canalla!). Segistuno trata de explicarle (¿cómo se le explica algo a quien no entiende nada?) pero se queda en el intento y no dice palabra (¿para qué?); el otro se suelta a llorar: no sabe qué hacer con este ridículo que siente (¡qué verguenza y qué ganas de matarlo!). Segistuno alcanza un pañuelito a Monocleto (al menos, saca un poco de compasión de su corazón marchito), que se suena los mocos como si fuese un bocinazo que asusta al interlocutor (¡qué asco de persona!). Suena la campana de la catedral y ambos se miran, pues saben que tienen que marcharse (¡menos mal que hasta aquí hemos llegado por el día de hoy!). Se dan la mano (no me vayas a embarrar tus mocos / eres un perfecto soberbio) y se ven a los ojos casi con candor antes de irse: saben que volverán a encontrarse para conversar acaloradamente el mes siguiente, como lo han hecho durante todos estos años.

Imagen que acompaña: Catedral de Santo Domingo, Oaxaca, Oaxaca (2008) por Sofía González.

Estampas cotidianas


La gota se congela a punto de caer. Pareciera que, a mi alrededor, todo está inmóvil. Una ráfaga de aire me recuerda que todavía existo y trae memorias que huelen a pintura fresca. Imágenes que se cuelan, nítidas, entre la telaraña de la memoria. Claridad, frescor, definición, silencio. Los últimos días me devuelven cansada de tantas emociones. El alma se acurruca en una esquina mientras una voz vuela sempiternam entre el clamor de los violines. Hoy no circulo, por mucho que estos huesos me lleven a cualquier parte. Es momento de detenerse y contemplar el horizonte de la propia figura en sombras.
No recuerdo cuándo fue la última vez que pude hacer eso de estar, sin prisas, en cualquier lugar. Son demasiados años de trajín para este cuerpo que ya muestra el paso del tiempo. Sin embargo, la vida concedió un respiro hace unos días y pude por fin, sentirme como persona y estar, de una sola vez y sin interrupciones. Muchas querencias se arremolinaron ante las puertas del corazón, pero las horas se escurrían sin remedio y no pude prestar oídos a todas. El pasado, el futuro y el siempre, todos juntos y en dosis permisibles: entrevista con Lorenzo y sus aceites, instante de las tres gracias sentadas en fila y la búsqueda de un broche de pelo a ritmo tanguero, recuerdos de vista al mar con destellos fugaces, nostalgias de café rodeada de sirenas, noche de Sam en vela y con abrazo rayando el amanecer, celebración con risas y tinto sobre la acera, esquina helada y brillante de encuentros y reencuentros, el eco del danzón en una llamada que me llena de flores y me recuerda que la historia está por escribirse. Todavía la vida me guardó un encuentro más en el árbol de la poesía, con una bala y otros materializados de carne y hueso, con los que rumié varias horas frías pero muy felices.
Después de todo lo anterior, me siento otra, o mejor dicho, la misma que algún día dejé de ser. Sólo pido que esta vez no se me olvide la lección por el camino: pase lo que pase, hay que tener espacio para vivir.

miércoles, 12 de noviembre de 2008

El mejor remedio

Nico tiene doce años y alergia al polen. Ha encontrado para su alergia un remedio interesantísimo que lleva siempre con él, por si se ofrece, en un recorte de revista pegado a la tapa del estuche de lápices de colores. Le pedí que lo copiara en este papelito porque me pareció que a lo mejor, hasta cura más cosas. Acá dejo la receta para el personal pues creo puede ser útil. Yo ya la he empezado a usar con otros males y ¡funciona!



Tres cuentas de collar

Me iré despacio un amanecer
que el sol vendrá a buscarme temprano.
Me iré desnudo, como llegué.
Lo que me diste cabe en mi mano.
"Cuando me vaya" de Joan Manuel Serrat

Una


Ella decidió dejarlo en primavera. Le parecía que aquella estación prometía nuevos aires que le harían más suave el tránsito al nuevo estado. Sabía que había llegado a un punto en el que mirar atrás no servía de nada y que en lo cotidiano, no existían razones para quedarse. Le costó mucho el decidirlo pues la fuerza de la costumbre se imponía y el miedo a enfrentar las cosas de otra manera la subyugaba, pero como el vivir lo mismo repetido le producía hastío, fue lo que escogió. Despacio y sin arrebatos, fue arrimando los recuerdos para no dejar ninguno y comprobó que eran muy pocos, menos de los que había imaginado. Se dió cuenta de que las paredes de la casa nunca habían contado historias de vida, sino de ausencias. No sufrió ninguna desilusión porque muy dentro de sí, lo sabía desde siempre a pesar de que no se hubiese decidido a reconocerlo. Contaba, no los días, sino las horas y los minutos que pasaban con tal de saberse más cerca del esperado momento. Cuando sólo faltaba una luna para cambiar la hoja del calendario, hizo su equipaje y se sentó a esperar en el borde de la cama. El alba despuntaba y quiso levantarse, fue entonces cuando descubrió que le habían salido raíces hacia el suelo y no podía moverse. Ella decidió dejarlo en primavera, pero esa vez, tampoco consiguió hacerlo.

Dos

Ella le quiere de verdad. Sabe que en los últimos tiempos, las cosas se han complicado para ambos y, a pesar de todo, sigue luchando. Las distancias no le ayudan mucho, pero insiste por tanto amor y cariño acumulados con el paso de los años. Sin contar las barreras que en algún momento puso por el miedo a enamorarse de verdad, hoy se entrega con todo y se la juega por completo pues sabe que vale la pena. Sin embargo, un día se quedó esperando y pasó un mes y él, que prometía llegar, no vino. Nada que una llamada telefónica no arreglara y en la que dilucidó que todo seguía como antes. Pasaron las semanas y la línea telefónica se fue enfriando cuando ella más lo necesitaba. Hubo un día en que el teléfono dejó de sonar y aunque ella seguía, día tras día, esperando el timbre, el cacharro continuaba mudo. Comenzó a preguntarse si tanto amor tenía sentido, si, como decía Rosario, el amor debería serlo todo a pesar de las circunstancias. Con dos canastas, hizo una balanza para pesar los frutos del amor contra las inconsistencias y descubrió el lado que contaba más. Luego de eso, tomó su decisión inapelable, puso sus cosas en un hatillo y se fue con su amor hacia otra parte.

Tres

Ella pensó que nunca podría volver a encontrar a alguien a quien amase más. Se equivocó y fue el tiempo el que se lo demostró, con mucho pesar de por medio. Nunca hubo platos rotos, lo que se quebró estaba más adentro y no hacía ruido, sólo generaba abismos insondeables entre dos personas. Ella se subió a la barca del olvido pero las corrientes le fueron adversas y demoró en alejarse. Pasaron varios años cuando un buen día, se sintió distinta y más ligera. Con miedo de arrepentirse, leyó los recuerdos de papel guardados y se dio cuenta de que habían perdido su significado. Se miró extraña en aquellas líneas y se sorprendió de alguna vez haber logrado sentir todo eso por un hombre que no valía la pena. Le pareció una jugarreta de la vida que había quedado por fin, hueca y vacía. Tiró todo a la basura y con una gran sonrisa en la cara, empezó de nuevo. Nunca un fin tuvo tan buen comienzo.

martes, 11 de noviembre de 2008

Saudades

Su recuerdo se colaba con la luz, entre las rendijas de la persiana, y aterrizaba suavemente sobre la mejilla para fundirse en ella. Luego sentí un vasto abrazo, que me cubría repetidas veces y hablaba simultáneamente de ayeres y mañanas, como si el tiempo nunca hubiese cruzado nuestras puertas.
La imagen de ese día seguía mis pasos. Nos encontramos a cualquier hora, en aquel lugar. Fueron sus palabras las que me atraparon como mariposa en el desconcierto y poco a poco, me hicieron perder la dirección. Observé cómo, con sus dedos, capturaba un instante que al regalármelo, se convirtió en flor; lo acepté a sabiendas de que no habría otra oportunidad. Nuestros cuerpos se balanceaban al compás de una canción que nunca sonó y que ambos conocíamos: la habíamos escrito innumerables veces sobre el caracol. Intercambiamos aguamarinas y amatistas a la sombra de las velas; después, quise verlo a través del espejo para escapar de su mirada, pero fue inútil y me dejé ir, sin más contemplaciones, rumbo a la negrura intensa de sus pupilas. Caían lentamente las gotas de agua sobre su espalda: una, dos, tres, cuatro, cinco... Al mismo tiempo, el olor a cedro que todo lo impregnaba. Desenredamos nuestras querencias como si cualquier cosa e hicimos dos madejas con ellas, con las que más tarde, tejería un suéter para taparme del frío el siguiente invierno.
El ruido del cartero quebró el silencio y el sopor matinal con el que la primavera me llenaba, a pesar de que corría noviembre. Aterricé sutil sobre la madera del olvido y salí vestida con sus besos, entonces lejanos. Horas después, me percaté de que él, como los demás sueños, forma parte de mi vida y es real aunque no lleve, todavía, su memoria en la piel. Desde entonces, no soy la misma de antes, sino otra mucho más dichosa.

domingo, 9 de noviembre de 2008

Si no fuese por las silly love songs

La tarde me cae encima. Hace frío allende la ventana, pero más acá adentro. ¿Qué pasó de ayer a hoy para que hubiese un tránsito tan abrupto de estados anímicos? Nada o mucho, da igual. Lo que importa ahora es el nudo que se forma en mi garganta, esa que ayer apenas aprendía cómo sonar más fuerte. Mi cuerpo siente el hartazgo de los minutos que lo rodean y se estremece con la posibilidad del mañana. Tengo dos fuentes en la cara y lo peor de todo es que no encuentro razones para cerrarlas de una vez por todas. Llevo un sinúmero de imágenes colgadas del corazón. ¿Será que tanta luz inició la hecatombe? Escribo como única vía posible de escape ante el incontrolable resorte de la necedad emocional.
En medio de tanta desolación, por un resquicio se cuela la música y me pierdo en el mar de notas y armonías, casi instantáneamente, como errático náufrago aferrado al salvavidas. No estoy para profundidades auditivas, necesito un abrazo que hoy parezca más cálido, más cercano, más real. Aquí es donde lo encontré, por muy tonto que pueda sonar, luego de unos cuantos juegos memorísticos. Y como ando de sentimental, no puedo sino decir: gracias, Paul, por todas las compañías a lo largo y ancho de mi vida.

domingo, 2 de noviembre de 2008

Historia de la bruja y su maleta de ranas

Para todas las ranas queridas que ya llevo en mi maleta
La noche caía en el camino a casa cuando de pronto oí que alguien cantaba, un son de mis favoritos, cerca del margen del río y resolví acercarme. Fue entonces cuando la vi. Era bajita y su pelo blanco asomaba bajo un sombrero negro y puntiagudo. Se quedó inmóvil cuando se percató de mi presencia, pudiera decirse que hasta conseguí asustarla. La saludé como si la conociera y ella pareció bajar la guardia. Sus ojitos brillaron cuando por fin habló y me preguntó que qué hacía yo ahí a esas horas. Pensé que más bien, era yo quien debía formular esa pregunta, pero le respondí que su cantar me había llamado la atención. No sé si lo creyó o no, pero a continuación me pidió que la ayudara a cargar su maleta dado que ya estaba ahí. Cuando la agarré, me sorprendió lo pesada que estaba, pero aún así logré llevarla hacia donde me indicó, junto al río. Entonces quiso despacharme, pero yo no estaba dispuesta a irme, así que con una mueca de desagrado me indicó que me hiciera para atrás. Con mucho sigilo, sacó una llavecita de su bolsillo y abrió la maleta. De inmediato, un intenso griterío llenó la noche. Tardé en identificar lo que eran esas sombras que se encaminaban al río. Estuve a punto de abrir la boca pero ella me indicó que callara. Y así, entre las sombras, vi salir una inmensa hilera de ranas, una tras otra, que se perdía bajo el agua del río. Cuando terminaron de salir, me contó las historias de algunas de ellas.
Era un mundo inmenso de ranas. Unas provenientes de lugares tan lejanos como Canadá, España, Cuba y Francia, otras de más cerquita como San Cristóbal y Ensenada. Habían estudiado biología, otras, fotografía, y otras más, se dedicaban a la actuación o al reportaje; había incluso, aquellas que jugaban al gotcha. Había ranas diestras en percusiones, en guitarra, en violín o en composición, otras en matemáticas; eran ranas escritoras, filósofas y politólogas, otras simplemente, soñaban y a unas más, les gustaba pintarse las uñas. Ranas que bailaban samba o que eran equilibristas, ranas lectoras, ranas futboleras, ranas que andaban en bicicleta y hasta las que leían las cartas. Unas sabían de ambulancias y medicina, otras de derecho y filosofía, otras de computación y economía y, unas más, apenas estaban decidiendo su futuro. Ranas vegetarianas, ranas que tomaban whiskey o cerveza, ranas a las que la cebolla no les gustaba y hasta alérgicas a la berenjena. También había ranas pequeñitas que dibujaban, que cantaban y que jugaban casi todo el tiempo; esas eran las que más ruido hacían, me explicó.
Estuve ahí, durante horas escuchando la historia de muchas ranas mientras observaba que los labios de aquella mujer extraña se iban poniendo azules y la respiración le fallaba. Su voz se fue extinguiendo hasta volverse un murmullo que no alcanzaba a descifrar. Cuando los primeros rayos del sol comenzaron a asomar, sacó del bolsillo con mucho trabajo una campanita y la hizo sonar. Al instante, la marabunta de ranas nos cercó y en forma caótica, comenzó a brincar hacia la maleta. Estaba absorta viendo el ranerío hasta que de pronto, oí de nuevo su voz, tan clara y fuerte como al inicio. Se despidió de mí y me pidió que por favor guardara su secreto. Debí poner cara de que no entendía por lo que, cuando la última rana había entrado en la maleta, comenzó a cerrarla y a explicarme que esas ranas eran las que le permitían recobrar fuerzas porque le transmitían toda su vitalidad. Agarró la maleta como si no pesara y con una sonrisa, me contó que las dejaba salir para que se divirtieran un rato porque por ser tan inquietas, era difícil mantenerlas siempre en la maleta, pero que a fin de cuentas, cada una de ellas era un pedacito de su corazón y que cuando se alejaban, ella comenzaba a morirse de tanta tristeza.
Y como si fuera magia, de pronto agarró su escoba y se fue volando con la maleta a cuestas. La vi perderse en el horizonte mientras todavía alcanzaba a oír el croar de las ranas. Después volví a casa mientras el cielo clareaba y deseé, algún día, tener también mi propia maleta de ranas para ser tan feliz.

Ofrenda


En oposición al jalogüin, el Día de muertos es una antigua tradición con gran sentido y valores reales. Esta fiesta produce reacciones encontradas en muchas personas porque nuestra visión occidental de la muerte se impone y nunca estamos preparados para el fin del camino en este mundo, por mucho que comamos pan de muerto y huesitos de santo —que son una delicia y se vendían durante esta época en la pastelería La Suiza—. Sin embargo, además de ser un recordatorio de aquellos que dejaron este mundo, estos días para muchos pueden convertirse en un despertar para saberse aún vivos, mientras existamos quienes los conocimos y quisimos. Con el paso de los años, he aprendido que soy un condominio inmenso habitado por quién sabe cuántas almas encontradas al andar y que llevo a cuestas como la casa del caracol. Mi ser, como caleidoscopio, está formado por muchos pedacitos de colores de diversos tamaños que ora forman una imagen, ora engendran otra y que provienen del encuentro con todos aquellos que me han dejado huella.
La visión que tenemos de la muerte, pareciera eludir las enseñanzas del pasado prehispánico e inclusive, herencias más cercanas como la que nos dejara Guadalupe Posadas. Si bien disfrutamos con las ofrendas y la catrina, entre otros elementos del rito, cuando de asuntos de muerte se trata, ya nadie se acuerda de lo anterior y todo se vuelve una solemnidad. De verdad que me esfuerzo en conseguir esa visión frente a la muerte que me parece mucho más sana, pero hasta ahora, poco consigo.
Con el tiempo, he logrado un diálogo interno, con aquellos que se fueron y que, irremediablemente, me hacen falta, que a veces se materializa en mis soledades. Esta conversación no tiene un tema específico sino más bien, es un diálogo abierto a una sola voz a través del cual me comunico con mis queridos muertos: lo ejercito a lo largo de todo el año sin ningún recato y con un gusto infinito. Pero en estos días, el diálogo se vuelve más presente o yo soy más consciente de él, y de pronto pasan cosas que me hacen pensar que mis muertos, efectivamente me rondan. Y no saben lo agradecida que estoy al sentirme en tan buenas manos, de verdad que sí. Por ello, al poner la ofrenda vuelco toda esa emoción para agradecerles todo lo que han venido haciendo por mí durante tantos años. Saben que estoy en paz con ellos y que mi cariño por sus almas, no acabará jamás. En esta ocasión he querido regalarles, además de la ofrenda en casa, esta otra que ustedes han leído. Ni modo, soy una sentimental.

sábado, 1 de noviembre de 2008

Entre jalogüines y desconexiones

La red me niega el acceso como si fuera una prófuga de la justicia cada vez que hago un intento. No hay manera de entrar así que hasta nuevo aviso, no podré comunicarme. En este día en que se cuenta que se abren algunas puertas, a mí me parece que se cierran.
Ayer logré enloquecer con toda la parafernalia del jalogüin y eso que estuve poco en la calle. Me sorprende y me pesa cómo cada vez es menos lo nuestro y más lo de allá, de más al norte. Y eso que de verdad siento que es divertido el disfrazarse. En la mañana me emocioné al dar clases a un grupo de muertos-vivos, ángeles y otros demonios raníferos a quienes tomé esta foto que acompaña. Luego, conforme el día fue avanzando, los disfraces fueron pareciendo cada vez más vanos, más ajenos, más artificiales y menos gozosos o disfrutables, y acabé casi alucinándolos cuando a la salida de un estacionamiento me atajó un grupo de madres muy jóvenes con el triple de hijos disfrazados y casi me forzaron a cooperarles en sus calabacitas de plástico, no a uno, sino a todos los retoños. ¡Ah, pero fíjese usté que no, que ni traigo tanto así! Y cuasi me respondieron que no ching… y que me pusiera las pilas con mi donación porque ESO era lo que hacía FELIZ a los niños. ¡Hágame usté el favor!
Así que por la nuit rayando la madrugada, cuando logré aterrizar en casa luego de tanto sinsentido, porque había sido un día cansado y difícil a pesar de aquel beso matutino que tan bien me supo, me cayó el chahuiztle y mi conexión de red me mandó a la dimensión de mucho más allá sin dejar que me conectara. Y ahí me tienen, arreglando por teléfono el desperfecto para que, luego de una conversación de casi tres cuartos de hora, la reina me dijera que era un problema de la línea y que tardarían en checarlo-arreglarlo entre 12 y 72 horas. Y claro, ese tiempo corre y yo me desespero porque no veo que pase nada; paciencia con los servicios que dicen llamarse “de primera”.
Tendré que, como mínimo, ponerme a leer un poco en papel, que buena falta hace ahora que han caído cuatro ladrillos inmensos de ciencia ficción que Pablo recetó. No los tenía en el mapa de lectura y en mi mesita de noche hay muchas otras cosas pendientes, pero fue tal la emoción con la que me dio los libros, que tengo urgencia de atacar el asunto. Eso sí, no puedo olvidarme de pasar por el pan de muerto para mi ofrenda que ya está listísima (aquellas fotos siguen sin aparecer). En fin, que hoy hay mucho por hacer por muy desconectada que parezca, pero si logran leerme, será que algo conseguí.

jueves, 30 de octubre de 2008

Tarde de fotos

Mis manos huelen a polvo. Me he tirado un clavado al pasado buscando al abuelo Pepe, que se ha escondido así de pronto y no se deja encontrar. Sin embargo, mientras miro todas estas fotos, en mi cabeza pululan muchos recuerdos que forman parte de la propia historia. De pronto me aproximo a la captura del instante que ya no está, que se vierte en un pedazo de papel y lo siento vibrante sin haberlo acaso presenciado. A la niña que llevo dentro y que a últimas fechas se pasea frente a mí descaradamente, le gusta sentarse a escuchar historias y se pierde en ellas, embelesada. Me cuesta trabajo traerla de vuelta cada que se fuga y hacerle entender que, pese a todo, también existe el presente. A fin de cuentas, como alguien bien me decía apenas ayer, no existe el yo si no es en el aquí y el ahora porque el yo, nunca puede irse a otra parte; parece que he encontrado un guía espiritual.
De veras que me sabe mal no encontrar dos fotos que ando buscando y estoy segura que no fueron a ningún lado. Tal vez si les doy un tiempo aparezcan solas, así que me he puesto a escribir, mientras tanto. Todo lo que soy de paciente para unas cosas lo soy de desesperada para otras. Es como si en el disco duro no me hubiesen cargado con toda la paleta de grises y tuviese que conformarme con un sistema binario que me resta posibilidades, o al menos, eso me parece. Con el paso de los años he aprendido algo de técnica cromática y puedo presumir al ser un poco más multicolor, menos mal. La vida me enseña una y otra vez que el ser vértigo no siempre funciona, pero vuelvo a tropezarme y vivo en medio de ráfagas alternadas con periodos de quietud extrema. Soy como el grifo del lavabo que a últimas fechas, está como en huelga y deja salir el agua cuando le da la gana. El problema es que yo no lo decido, tan sólo me sucede a veces en momentos adecuados y otros, en los más inoportunos. He aprendido a vivir con ello y con otras muchas cosas más.
La casa huele a nardos y a cempasúchil en esta época de muertos y de vivos que comparten y que se emocionan, por decirlo en presente, con las mismas cosas. Eso de tener un espíritu mestizo, como apuntaba Mara, tiene también sus ventajas: somos los más adaptables ante diversas circunstancias. Hace años, resolví que las tradiciones eran mi suelo, así que procuro mantenerlas y arroparlas para que sigan vivas, para que funcionen como faros que iluminan mi camino en los días aciagos y también, por qué no, en los felices. Hoy es día feliz de recuerdos y búsquedas en el pasado, y el abuelo Pepe no aparece. Por fortuna, entre tanta foto, encontré otra que puede sustituir a aquella que siempre traigo a la fiesta; por el momento, tendré que conformarme mientras dentro de mí se agitan aires de batalla con la vida y me pregunto si será que el abuelo está enojado conmigo o simplemente, se hartó de mi tradición que, a decir verdad, nunca fue la suya por muy mexicanizado que estuviese. Ni modo, estas cosas pasan cuando menos te lo esperas.

domingo, 26 de octubre de 2008

Rincón de los alebrijes I

Gracias Issa por la fabulosa mañana de domingo

Andábamos por Reforma cuando nos encontramos con la exposición que presenta el Museo de arte popular, desde ayer y hasta el 2 de noviembre, llamada "Desfile de alebrijes monumentales" y que se encuentra en el tramo que va del Ángel a la Diana. Es un espectáculo maravilloso de color que apenas logré medio captar con la camarita de mi celular pero prometo que las fotos buenísimas, llegarán a este espacio en un poco más de tiempo, tengan paciencia. Espero que lo disfruten tanto como nosotras.


-¡Dame un abrazo! - parecía decirnos este.


Entre el gentío, había que abrirse paso para tomar una buena foto.


Una colorida versión del árbol de la vida que brillaba al sol.


Don Quijote y Rocinante en pos de algún molino.


Estas tres se habían subido a la luna y desde allá nos observaban.


El caballito quería brincar hacia la fuente de la Diana.
El juguete tradicional sigue arrancándonos sonrisas.
Y los vochitos, siguen haciendo historia.

Ante tanta oscuridad, una lamparita...

viernes, 24 de octubre de 2008

La pesadilla de Jonás

Primero quise volar, extendí las alas y me dí cuenta de que había perdido el suelo. Ocurrió todo muy rápido y sin saberlo, me precipité hacia un abismo que me devoró. Un escalofrío recorrió mi cuerpo: el miedo se metía hasta los huesos sin dejar espacio para nada más. Hubo un choque y varias sacudidas; oí el ruido de tendones que se rompen, que se rasgan al ritmo de un pálpito alucinante y luego, me perdí. Pasado un momento, recobré la conciencia y me encontré sudando a mares y sin tener la más mínima idea de dónde había ido a parar; la negrura me envolvía. Casi me asfixiaba y la boca con su sabor acre, enviaba mensajes al cerebro para la desconexión; sin embargo, no ocurría nada más allá de mi agitada desesperación, había perdido el control. Intenté mover mis piernas para descubrir que me rodeaba una masa sin forma, que se adhería a mi ropa y ardía al contacto con mi piel. Estaba siendo arrastrada sin tener la menor posibilidad de escape; un rato de forcejeo inútil y a continuación, el abandono sin remedio. Los sentidos me fallaban y me entró una ansiedad por recordar mi rostro, aunque fuera por última vez. Traté de apaciguarme en aquel viaje imaginario por la superficie del mentón, por la forma de las cejas y la curva que baja desde la nariz hasta los labios. Todo era nuevo para mí y me sentí ajena en el propio cuerpo e indefensa ante el destino que se presentaba como único posible en aquel oscuro rincón, alejada de cuanto había conocido. Aquello que me envolvía empezó a burbujear, y poco a poco, me fui hundiendo hasta perderme en el estómago de una gran serpiente devoradora de sueños. Después, no existí más.

Piropo paternal

"Eres una persona consistente: la última en llegar y la última en acabar de comer."

jueves, 23 de octubre de 2008

¿Quién es Jack Lucas?

Era casi la una de la mañana cuando descubrí que me habían enviado un correo larguísimo que yo misma había solicitado. En él, uno de mis muy queridos amigos me retaba a encontrarlo, a descubrir quién era el personaje que le fascinaba desde los quince años y que había inspirado su nombre. Este es mi intento por responderle.

Conocí a Jack Lucas hace más de diez años cuando las casualidades quisieron que nos encontráramos, en un pasillo, en un salón o en una mesa de café, ya ni recuerdo bien porque mi memoria es fragmentaria, pero eso no importa. De porte hidalguísimo y velazquiano, con su eterna sonrisa blanca y ojos pispiretos, en aquel entonces tenía el pelo muy corto, el look de Sandro de América llegaría después y se iría con el tiempo.
Venía allende de nuestras fronteras y me contaba retazos de historias de infancia de una abuela y de un lugar muy verde que vio nacer a un insigne poeta de nuestra América. Entre sus amores se cuentan el beis, jugar basket y devorar cuanto libro caiga en sus manos; su mundo es uno paralelo al nuestro y en él, Jack Lucas se transporta siempre en bicicleta, con su mochila a cuestas en la que siempre hay buena música, buena lectura y una de sus mil libretitas donde apunta todos sus sueños, historias, poemas y canciones.
Hubo un tiempo en el que nos reuníamos con mucha frecuencia, en ese café que se volvió nuestra casa y que hoy, ha desparecido. Él tomaba americano y yo, otro igual pero con leche, y rumiábamos las horas y arreglábamos el mundo y nuestras historias amorosas que sólo eran proyectos. A veces, nos dedicábamos a leernos y a opinar sobre nuestros escritos, pero las más, simplemente soñábamos. Tuvimos una época en la que, cuando los horarios de aquel rincón cafeteril se acortaban, cruzábamos la calle y jugábamos basta en el anverso de los mantelitos del Vip´s; debo decir que sólo él y alguna que otra hacían trampa y se inventaban cosas que no existían con tal de ganarnos: a veces, lo conseguían y otras, sólo nos divertíamos hasta entrada la madrugada, éramos muy felices en aquel entonces.
Si la versatilidad tiene un nombre, ése es Jack Lucas. Fue como un hermano para mí desde el inicio y he seguido con interés y mucha curiosidad todos sus pasos. Jardinero, barman, despachador de gasolina, repartidor, transcriptor, pintor de brocha gorda, fotógrafo, mesero, viajero y muchas otras cosas más que lo han forjado en esta tremenda ciudad de asfalto. Asiduo del Jarocho en Coyoacán y de las librerías de viejo donde encuentra verdaderas joyas, algunas de las cuales guardo en mi librero con mucho cariño. Es un derrochador nato de energía y logra hacer unos pasos de baile, espectaculares por demás, que impresionan a todas las chicas presentes y que aprendió en un local cubano. Alguna vez, incluso, luego de tremenda bailada se desparramó por el suelo de mi casa durmiéndose en él hasta el amanecer: era la fiesta de inauguración. Otras veces, parece no moverse y se enreda en el humo que sale de su tabaco cuando estamos en un bar, al calor de las horas y viendo pasar los minutos.
Bohemio como pocos, Jack Lucas me ha enseñado el valor de la vida de todos los días. Con un gran corazón, siempre se atora con lo nimio y se despreocupa de lo que no puede alcanzarse. Desenfadado con su historia y no le importa el qué dirán, tiene claros sus grandes proyectos de vida y el resto, se le escurre por entre las manos al compás de cualquier reloj. Siempre he pensado que es un personaje que escapó de algún libro, pero todavía no encuentro de cual, así que por eso sigo leyendo: espero encontrarlo un día.

sábado, 18 de octubre de 2008

El canto de la sirena

Para Locombia, por los paralelismos y los caminos andados

El día asoma sombrío con sus aires de lluvia y sus sueños de lo que pudo haber sido. “Nadie tiene un pacto con el tiempo, ni con el olvido ni el dolor” resuena en mi interior mientras las saudades me abrazan y me hablan tiernamente al oído. Un gato gris se pasea bajo mi ventana y cuando me mira, me habla de futuros que no entiendo. El vértigo del pasado me tiene consigo; sin fuerzas, me abandono a él sólo por un momento y vuelvo como despistada al instante actual. Con suavidad, deshilvano las letras en mi corazón y las pego a las paredes para no olvidarlas. Tengo a la mano un libro viejo, que me enseña nuevas recetas para la vida y que nunca consigo probar. Un acto de prestidigitación y desaparezco para aparecer en otro lado, ahora un poco más al norte. Mi voz se eleva entre el polvo de la habitación y me recuerda que a pesar de todo, vale la pena vivir aunque el cuerpo se rebele. A ratos, las cuerdas del caracol se mecen como las hojas del árbol que está ahí enfrente, pero siempre con sabor a tortas de ñame y arepas. Guardo la cajita de colores que contiene mi memoria, no sea que vaya a perderse. Mis manos recorren los muebles y ponen atención a las historias que andan contando y que mis oídos no quieren escuchar. Me miro al espejo y digo “si desapareces, yo te encuentro”. Por hoy, me voy al mar siguiendo el canto de la sirena…

jueves, 16 de octubre de 2008

Punto cero


Arraigada a la tierra y a las costumbres del suelo en que nació, creció a trompicones, abriéndose paso entre las demás, ahora con las uñas, luego un poco con los dientes y siempre, con más tenacidad que certezas. Lo suyo fue un ejemplo de seguir hacia delante para aferrarse a lo que se cree imposible, a lo que se sueña y se consigue transformar en realidad. En este pasar de los años, cambiaba y se convertía en algo con más sustancia, más definido. Era un crecer constante tratando de alcanzar la luz del sol, por encima de otras, aprovechando cada resquicio para colarse y de nuevo, seguir en el camino gracias a la puritita casualidad de estar en el lugar justo a la hora precisa. Fue madurando y logró que se le asentaran los colores y las formas, se volvió más fuerte al conocer sus fragilidades y más sosegada al entender sus debilidades. Se refinó y adquirió transparencia y claridad, peso y valor. Comprendió su esencia y se la jugó toda en una para el futuro, que tarde o temprano la alcanzaría. Hubo un día en que vio la costa aproximándose; sabía que estaba cerca y se preparó para salir. Como Venus, surgió victoriosa, hermosa y con gran estruendo por entre la espuma y las olas. Aquella tarde sentí que, a pesar de ser la primera vez que trazaba dicha idea en mi cabeza, ella siempre había formado parte de mí.

domingo, 12 de octubre de 2008

Máxima Gonclidiana

Cuando en el salón de clase los alumnos se despanzurraban y subían los pies a las sillas, mi padre les hacía este atinadísimo comentario: "Qué lindos pies te hizo Dios. Bien mereces otros dos."
La culpa es de Miguelángel por habérmelo recordado, cosa que agradezco infinito.

sábado, 11 de octubre de 2008

Fractales

Tenemos frente a nosotros un globo terráqueo y nos fijamos en ese continente alargado que recorre buena parte de la superficie del planeta. Un poco hacia arriba del medio, encontramos un país llamado México. Localizamos la capital y llegamos a ella; tengan cuidado con la altura, es engañosa. Nos desviamos hacia el sur donde cerca de un gran asta bandera, hay una casa naranja que tiene un cuarto con tres paredes. En una de esas paredes, cuelga un cuadro. En el cuadro se ve en primer plano el pasto, que en sus mil listados de tonos de verdes y amarillos, enmarca el resto. Luego sigue el azul infinito que brilla dorado por la luz del sol, debe ser otoño para lograr tener ese color. En el medio del cuadro hay dos sillas, una frente a otra. Una mujer sentada parece esperar a alguien pero no lo sabemos, es sólo una conjetura. Hay también una mesa de madera con varias cosas encima, entre ellas, una jarra con agua a la mitad y tres vasos. Nos preguntamos si es que en realidad, hubo una reunión que ya acabó y nosotros llegamos tarde. ¿Qué está esperando la mujer? Seguimos el recorrido. La mujer viste de blanco y lleva un sombrero con una cinta azul a juego con el borde inferior del vestido, que la cubre hasta los pies. En el regazo, tiene un gato medio adormecido, que ronronea suavemente. ¿Lo oyen? Ahora que nos descubre, abre los ojos. Nos mira con malicia y parece que se ríe. En los ojos del gato se ve un mundo, en el que se dibuja la forma de un continente alargado…

Diatribas personales


No crean que andaba muerta ni de parranda. Llevo unos días haciendo un par de encargos urgentes. Cuando los amigos piden algo, simplemente lo hago porque quiero y porque siendo Gagá, es un compromiso cuasi de sangre. La que fue deán me pidió que escribiera para su madre dos textos. Todo un honor y una tarea.
El primero versa sobre cuándo, cómo y con quién me inicié en la lectura y sobre qué libros me llevaría a “la isla”. Redactar mi inicio en la lectura fue fácil porque contar historias de familia me es siempre grato, pero lo segundo, me machacó la mollera durante varias noches. Finalmente, logré salir de un plumazo, un poco por casualidad y esbocé una tríada de libros que, según yo, me dibujan o me tocan el alma de una manera particular. Nunca me ha sido fácil hacer una lista de favoritos —a excepción del registro de las páginas de internet que guardo en mi computadora—, porque me parece que se queda mucho más en el tintero. Total, según mi visión, hay muchos favoritos que dependen de tal o cual circunstancia o momento, así que confiar en mi memoria para enlistarlos, me parece algo que de veras, no me va y siempre pienso que es más lo que se me olvida que lo que recuerdo.
El segundo texto de encargo es una semblanza de Cristina. ¡Coño, qué complicado me parece elegir las ideas para trabajar un escrito así! Me resuenan ya algunos trazos, pero de ahí a lograr algo se presenta un abismo cuasi insondable. ¿Qué elementos se eligen para la construcción de un texto de esta naturaleza cuando, de pronto, se tiene la idea de que casi no se conoce a la persona? ¿Cómo hacer que encajen los retazos de tiempo en un solo hilo? ¿Qué hacer para darle la fuerza, el respeto y el cariño que esa persona te merece?
En fin, atascada estoy. Ojalá y el tiempo sea magnánimo y me permita concretar la hazaña de manera honrosa y en un lapso relativamente breve. Invoco al dios que me presentó Ivanius hace un par de tardes, para ver si al menos, ilumina mis entendederas y me da bríos para afrontar la infinita cuartilla blanca…

miércoles, 8 de octubre de 2008

Danzón a cuatro tiempos o la importancia de llamarse Ernesto

Primer tiempo
Para que ocurra un encuentro, se necesitan muchas piezas en el tablero. Algunas de ellas, están regidas por la casualidad, tal fue mi caso y otras, como parte de un camino, tal era el caso de él. Estuve a punto de no ir, aunque ganas no me faltaban y si la curiosidad mató al gato, quién sabe qué puede hacerle a una paloma. Lo decidí casi al momento y me enfilé hacia el encuentro con mi propia historia.

Segundo tiempo
Ya lo decía la canción “…quién dijo que todo está perdido…” pero yo nomás no quería creerle. En la vida de cualquiera existen esos instantes supremos en los que no se sabe de qué va la cosa, pero como nos agarran desprevenidos, el corazón se desbalancea y no hay nada más que hacer. Porque, como pasa con Gwendolen, sin conocerle se le quiere únicamente por llamarse Ernesto. Yo pensé que era normal que eso me hubiese ocurrido en el pasado, pero ahora sé que me equivoqué.

Tercer tiempo
Llegué y la música sonaba, apenas como una sugerencia o como un rompecabezas cuando empieza a armarse. Esa rara sensación que ocurre cuando no conoces a nadie y sientes que invades otro territorio, otro mundo que nunca antes habías pisado. Callada, tímida y sin siquiera haberme arreglado un poco, tipo noquieroquenadiemevea, me senté en un rinconcito. Él se presentó solito y la luz de su sonrisa iluminó aquella tarde de octubre. Hubo un click suavecito, que poco a poco, se transformó en clack conforme discurrían los minutos y las horas.

Cuarto tiempo
Muy a la carrera, nos dimos varios abrazos de despedida, como quien no quiere irse y tiene que, forzado, emprender el vuelo. Intercambiamos números telefónicos, no se bien por qué. Probablemente, nunca lo vuelva a ver, a pesar de mis pesares. Pero ese algo que vibró dentro de mí hace que no pueda dejarlo pasar desapercibido. Así que sin dudarlo un momento, le dedico este danzón para la gloria y para el fuego…

martes, 7 de octubre de 2008

¿Involuciones?



Después de muchas vueltas y cambios, el ser humano desarrolló un complejo sistema de comunicación dotando a los signos de significado o a los significados de signo, según como se vea. Y eso ocurrió luego de que la evolución hiciera su trabajo al proporcionarnos este aparato vocal que, aunque a veces no lo parezca, es una maravilla. El punto es que surgió eso que hoy llamamos lenguas y que son, en casos como el nuestro, una verdadera complejidad: sistemas intricados de capas que, emulando a una cebolla, poseen reglas particulares que dictaminan la construcción de ideas para expresarlas y compartirlas. El lenguaje que desarrollamos fue mucho más allá, y se plasmó en diversos medios escritos, electrónicos, pero también sirvió para transmitir ideas sin palabras (que tampoco es novedad en la historia de la humanidad) y palabras sin ideas (¡toda una revolución!). Hasta ahí, suena más o menos bonito, ¿no? Ahora bien, ¿qué es entonces lo que está ocurriendo ahora? Me explico.
Pasamos buena parte de nuestras vidas hablando, diciendo palabras que significan tal o cual cosa. Hay quienes hablan más que otros, pero de eso no voy a hablar aquí ahora. Sin embargo, me viene pareciendo frecuente el hecho de que lo que se dice ya no está comunicando ideas, sino que nomás se dice y el viento se lo lleva. ¿Quién no se ha visto sorprendido por un jefe, un amigo o hasta un desconocido que dice algo que, de pronto, nos es imposible entender? Cuando me di cuenta las primeras veces, pensé que a lo mejor me estaba quedando tonta (que bien puede ser cierto, aunque eso es harina de otro costal), pero son ya tantos los ejemplos que mi tesis inicial ha cambiado radicalmente. Las personas a nuestro alrededor hablan (y conste que yo no me salvo del ejemplo) y dicen suponiendo que nosotros sabemos algo que no se dice, pero como los que escuchamos no sabemos, pues no entendemos. Huelga decir que la cantidad de malentendidos en la actualidad por esta falta de comunicación, me parece alarmante. Puede que el caso no sea nuevo en la historia, pero es que cada vez pasa con mayor frecuencia, no hay derecho...
Además, al menos en el entorno en el que me muevo, el número de palabras utilizadas tiende a reducirse dramáticamente. Pareciese que todos estos siglos que nos dieron riqueza en la lengua, no han servido de nada, porque ahora, como pasa con los celulares, está de moda el disminuir más y más el tamaño de las cosas. Y por si fuera poco, se nos hace más cómodo usar palabras prestadas de otras lenguas que construir las propias, además, eso se ve como una acción en contra de la modernidad. El afán reduccionista nos invade a tal grado, que dicen por ahí, que en la actualidad, el número de palabras usadas cotidianamente por un adolescente mexicano ronda por las cien… ¿qué se hace entonces con el resto del diccionario? ¿Lo tiramos a la basura y ya? O para remar en contracorriente nos dedicamos a usar otras palabras que en poco nadie más conocerá, asumiendo el riesgo de que todavía, nos entendamos menos.
Como si no faltaran motivos, la vida contemporánea sigue dándonos razones para reducir aún más el número de palabras que usamos. ¿Para qué escribir toda una frase diciendo “estoy muy feliz” si podemos ahorrarnos el tecleo con sólo tres signos, a saber :^D, que además, dependiendo del contexto, puede tener un montón de otros significados ocultos y acaso, desconocidos para nuestro interlocutor? Y luego vienen las paqueterías que todos usamos en las computadoras que desconocen muchas palabras, pero eso sí, nos permiten agregarlas al “propio” diccionario. Está bien que una lengua es un sistema en movimiento que se modifica constantemente, pero ¿a poco a tal grado que cada quien puede armar su propio diccionario? Porque, no es que sea yo enemiga de la pluralidad (me parece maravilloso que cada cual construya su propio diccionario) pero dudo mucho que, a estas alturas, existan muchas personas que se dediquen a enriquecer sus paqueterías.
En fin, que me parece trágico que todo lo anterior suceda y para empeorar el asunto, sucede bajo nuestras propias narices y sin darnos apenas cuenta. ¿Qué camino debe elegir el que se dedica a estudiar el lenguaje, el que se dedica a enseñarlo o el que lo usa en su labor cotidiana? ¿Y los que son puro lenguaje y lo escriben y lo hablan como forma de vida? ¿Qué elección personalísima tenemos, si es que la tenemos de veras, cada uno de nosotros, de contribuir o no a esta hecatombe? ¿Qué hacer si cada vez nos entendemos menos? No tengo la menor idea de qué decir ante todas estas preguntas que planteo y por eso es que resolví publicarlas, para ver si alguien puede ayudar a desenmarañarme.

La increíble historia del Circo Fabulópolis

Para Ana y Emilia, ellas saben por qué

Estaba muy triste aquel día. Recién sabía que teníamos que cambiarnos de ciudad y por lo tanto, dejaría de ver a todos mis amigos. Aunque respondí que no quería, mis padres me dijeron que ya todo estaba arreglado y que al acabar el curso, nos iríamos para que yo terminara la primaria lejos de allí. Desconsolada y enojada pero sin saber qué hacer, salí a dar un paseo por el bosque que rodeaba el pueblo.
Caminé distraída durante un buen rato, siguiendo el sendero verde y el vuelo de alguna mariposa. Después de un tiempo, me senté en una gran piedra que encontré y apreté un momento los ojos para contener las lágrimas. Cuando los abrí, lo vi ahí. Medía no más de cincuenta centímetros, aunque por su chistera, parecía más alto. Tenía la cara palidísima, sobre la cual afloraba una puntiaguda nariz y unos bigotes negros y largos que se parecían a los de aquel señor Gaudí, de la foto que mi madre tiene en la pared de su estudio. Con levita negra y camisa blanca almidonada, me hizo una reverencia de lo más ceremoniosa y habló:
— Muy buenas tardes, señorita. ¡Bienvenida al Circo Fabulópolis!
Yo miré hacia atrás pensando que le hablaba a alguien más, pero no había nadie. Tenía que ser a mí…
— El circo… ¿qué?
Fabulópolis… ¡Pase, pase! Venga por aquí… — dijo indicándome que lo siguiera.
No se por qué lo seguí, pero me llevó a un claro donde asomaba la carpa con los colores más vistosos que nunca había visto en mi vida y de la que salían un gran alboroto musical y de voces. La función había comenzado cuando por fin entré, pero no recuerdo nada más. Me queda la impresión de que aquel día me reí como nunca antes y de que una gran ola de felicidad me inundó el cuerpo. Volví a casa ebria de emociones y sabiendo que todo estaría bien en mi nuevo lugar de residencia, como efectivamente comprobé más tarde.
Nunca volví a aquel lugar y luego de muchos años, conseguí casi olvidar el incidente. Eso sí, desde hace algún tiempo a la fecha, cada vez que la vida parece atorarse, el Circo Fabulópolis emerge en mi corazón y de pronto, me siento mucho más tranquila.

Imagen que acompaña y que inspiró esta historia: Isabel (2008), El Circo Fabulópolis, detalle del mural colectivo La ciudad.

lunes, 6 de octubre de 2008

Rincón escolar

¿Quién dijo que la escuela no puede ser divertida?


Panorámica de La ciudad.


Pizzería, edificios y rascacielos.


Teatro, tienda de colchones y shopping center.


Librería.


Disco Dance-dance, calles y sistema de alumbrado.

Mural colectivo en aula de clase de segundo de secundaria, La ciudad (2008), idea original de la princesa Sabrina y el Sr. Memo, con la colaboración de las otras dos "Gracias", Isabel y Graciela, y diversos anexos apuntados.

sábado, 4 de octubre de 2008

¿Un tequila?

En un restaurante, casi a la hora de terminar la cena, el mesero nos ofrece un tequila.
— No gracias—, respondo. — Mejor tráiganos la cuenta y un policía.
— Mejor les traigo la cuenta y un tequila... para despistar al policía.

Vértigo

De pronto, sólo vacío, rastros de algo que nunca fue y que no va a ser, ¿o sí? La eterna duda me fulmina. Intento agarrar con mi mano las horas, para desgranar lentamente los minutos y pensar… ¿Pensar qué? No hay nada que pensar; si acaso, dejar que la desesperanza se deslice y nos llene de otra cosa, que el pasado pase sin que nos detengamos en los detalles para después ser libres. Todo callado, todo sereno. Me atoro con lo nimio, lo que no debería ni siquiera producir un alto en el camino. Tirar hacia delante y no mirar atrás, hacer de cuenta que nada sucedió. Salir volando y pretender que nunca se estuvo aquí. Me aburro de ver pasar tantas líneas, tantos trazos que dibujan no sé qué cosa y se pierden en el infinito. Total, ni respuestas hay y las que hubiere, no las entiendo. Eso es, perderse y difuminarse, convertirse en fantasma hasta que el entorno nos trague para salir del cuadro pintado de grises, como la tarde plomiza que me estruja el alma.

jueves, 2 de octubre de 2008

Cuarenta años después...

...no olvidamos y sabemos que queda mucho por resolver!

Hoy, la mañana tiene el gusto dulce de una ciruela


Despiertas. No abras los ojos, todavía. Quédate inmóvil un instante y mírate por dentro. Siente cómo el borde del pijama se te clava en la pierna izquierda mientras que el dedo meñique está doblado bajo la mano derecha. Siente el sabor acre de tu boca que anuncia que ayer fumaste demasiado. Fíjate en el trago de saliva, que baja poco a poco por la garganta. Te da comezón en una oreja, no te rasques, siente las cosquillas. Nota cómo las tripas reclaman y se mueven en la región abdominal. Trata de saborearte y sentir cómo puedes percibir el latido del corazón en cualquier parte de tu piel, tenue pero constante. Escucha los sonidos a tú alrededor: el camión de la basura que va pasando, un claxonazo lejano, el canto de los pajaritos. Trata de imaginarte cómo será el día de hoy, si estará nublado o soleado. Experimenta el día antes de vivirlo como un cúmulo de sensaciones. Abre los ojos. Siente cómo la luz penetra por ellos, suave y pasajera. Mueve los dedos de tus pies y fíjate cómo la sangre los recorre en un instante. Ponte en pie, mira cómo la columna carga tu cuerpo; nota cómo el cuello tira en aquel lugar donde ayer, lo forzaste en un giro. Estírate y lleva tus brazos al techo, consiéntete con un respiro profundo que mueva tus costillas. Ve hacia el baño, mójate la cara y percibe cómo reacciona tu piel al contacto con el agua fría. En la cocina, prueba el jugo o el café o la leche o lo que quieras, pero date un clavado en el sabor que recién entra por tus sentidos. ¿Ya sentiste el escalofrío antes de meterte al baño? Ahora siente cómo el agua escurre por tu cuerpo, cómo tus músculos se contraen o se extienden ante su presencia, cómo el olor del jabón se dirige a tu cerebro y te transmite el recuerdo de aquel lugar de infancia. Apapáchate y abrázate con la toalla. Siente el tejido de la ropa que te pones, el roce suave del suéter y el áspero del pantalón. Mete tus pies en los zapatos, deja que se acomoden y que te digan que están prontos, antes de dar el primer paso. Ahora sí, después de sentirte, estás lista. Puedes salir al mundo.
PD. Se agradecen las acotaciones de los atentos lectores a los desperfectos del texto.

lunes, 29 de septiembre de 2008

Julieta y el cocodrilo blanco



Julieta es la hija del panadero y tiene nueve años, como Santiago. Lo que más le gusta hacer con su padre es adornar pasteles y salir por las noches al jardín a contemplar el cielo estrellado. Su padre le ha ido enseñando el nombre de las estrellas y las formas curiosas que en ellas se esconden. Esa noche, aunque su padre no está en casa, no se resiste al buen clima que hace y, como casi no hay nubes, sale al jardín, se tira en el pasto y comienza a imaginarse historias de las estrellas.
De pronto, oye que alguien llora detrás del viejo roble. Se asoma y descubre que es un cocodrilo blanco.
— ¿Por qué lloras? — pregunta bajito.
— Es que estoy muy triste y soy muy desgraciado —, responde el cocodrilo.
— Bueno, pero cuéntame, ¿qué te pasa?
— Es que todos los cocodrilos se ríen de mí por mi color claro y porque además, vuelo lento.
— Pero… ¿los cocodrilos vuelan? Yo sabía que nadaban…
— ¡Claro que volamos! — dijo el cocodrilo un poco mosqueado. — Lo que pasa es que no nos ven porque lo hacemos de noche.
Al ver que no hacía más que incomodar al extraño visitante, Julieta decide ayudarlo. Después de varias negativas por parte del cocodrilo, Julieta le enseña su bici y le dice que siempre que monte en ella, irá muy veloz. El cocodrilo no parece muy convencido de usar el armatoste, pero luego de hacerle una demostración, Julieta le presta la bici y hace un par de ensayos: si bien los pedales le quedan un poco incómodos, logra sostenerse en pié.
Como el cocodrilo parece más tranquilo, a Julieta se le ocurre que tal vez, también pueda ayudarlo con el asunto del color claro. Así que en un abrir y cerrar de ojos, Julieta ya está preparando una buena cantidad de cobertura de chocolate amargo. El cocodrilo la mira un poco sorprendido pues nunca se hubiera imaginado que una niña supiera hacer esas cosas. Cuando la cobertura está lista, Julieta se da cuenta de que el bote en el que está la cobertura es muy profundo y delgado, pero se le ocurre que si ella sujeta de la cola al cocodrilo, éste logrará zambullirse en el chocolate. Deciden probar suerte y lo consiguen, pero ¡oh, sorpresa! Faltó un poco de cobertura en la cola. — No importa—, dice el cocodrilo mucho más animado y viéndose al espejo, —…así ya estoy mucho mejor.
Una vez que el chocolate se ha secado y que el cocodrilo, con lágrimas en los ojos agradece a Julieta, se despiden con un fuerte abrazo. A continuación, el cocodrilo se echa a volar montado en la bici.
Unos días después, Julieta y su padre salen por la noche al jardín a contemplar las estrellas. De pronto, una ráfaga de luz que cruza el cielo los sorprende.
— Mira, Julieta, es una estrella fugaz. ¡Qué bonitas son!
Julieta siente el olor a chocolate amargo. No le confesará a su padre el secreto porque nadie ha visto nunca a un cocodrilo volar, pero una sonrisa inmensa se dibuja en su cara mientras contempla el punto blanco cruzando el horizonte.

Texto que acompaña a la imagen de Agus, El grego (2008?), Cocodrilo blanco bañado en chocolate negro.
Agradezco de todo corazón la amabilidad del chocho al prestarme una copia de su pintura para colorear mi rincón desde su espacio en Tan largas pestagnas, que se encuentra entre mis esquinas visuales.

sábado, 27 de septiembre de 2008

Sábado por la mañana



Hace frío afuera de las sábanas y tardo un buen rato en deliberar entre mí y mimisma, si salir de la cama es una acción recomendable. Ni pex, allá vamos. Me miro al espejo y descubro con horror que traigo un súper derrame en el ojo izquierdo, producto de las mal dormidas recetadas por mi cretino vecino de arriba -que considera que las fiestas en días hábiles pueden durar toda la noche-, y de mi persistencia tenaz ante las pantallas en los últimos días, aunque pue’ que los dolores de cabeza de últimas fechas hayan tenido algo que ver. Con esta cara habré de enfrentar al mundo, no hay remedio. La vida transcurre casi plácidamente, hasta que suena el teléfono y me avisan que me clonaron la tarjeta. Me lleva la que me trajo, pienso y luego, cuando logro existir después del susto, pregunto que qué onda, que cómo le hacemos. Nada, no hay problema, tienen todo controlado y yo nomás tengo que hacer trizas mi plastiquito y esperar a que llegue la reposición en unos cuantos días. Pasado el mal trago, busco algo de música para refrescarme y llenar con algo lindo el corazón. Pongo a Los camilitos y de paso me acuerdo y le recomiendo a Alberto que los oiga; además, están a punto de terminar de grabar otro disco y yo que me muero de las ganas de oírlo. Enfilo hacia el baño a ver si el agua logra quitarme la mala estrella del día de hoy. En un rato más comeré, después me iré a cantar y ya luego, no se qué va a ser de mí. Hoy tengo esa sensación de desamparo metida en los huesos; será el invierno que, sigiloso, se nos viene aproximando.

viernes, 26 de septiembre de 2008

Propuesta

Hagamos del escribir un ejercicio cotidiano que nos temple el pulso y nos devuelva los minutos robados. Escribamos para decir, para contar, para soñar, para vivir. Hay que dejarse llevar por el roce de la pluma en el papel, por el golpe de los dedos en el teclado; hay que seguir el ritmo del corazón, de la lluvia, de la ciudad, de lo inasible y volver luego para plasmarlo y soltarlo al viento. Hagamos del escribir un vuelo de palomas…
¡Chale! Me fui volando.

jueves, 25 de septiembre de 2008

Ella y él

A ellos, por todo.

Ella llegó a la universidad a los 15 años; él trabajaba desde los 19 dando clases. Venían de mundos muy distintos, pero algo pasó y se encontraron en la Facultad de Ciencias. Él creía que ella era casi una niña y ella, que él era un señor. A ella le encantaban Los folkloristas y Los cinco latinos; él oía bossanova y música clásica. Ella había vivido todo el tiempo en la San Rafael; él creció en la Doctores y luego se cambió a la Santa María. Ella era toda amiguera y él reservado; fue criada entre dos mundos mientras él actuaba en Las Moscas. Ella tenía una familia pequeña; él siempre conocía a alguien nuevo en cada reunión familiar. Ella era espartana y él, ateniense. Ella le bajaba los calcetines con los pies por debajo de la mesa en la cafetería para seducirlo; él la pasó al asiento de atrás del vochito cuando ella primero dijo que no. Ella usaba minifalda y calcetas; él prefería vestirse de negro y a diario, usaba traje y corbata. Ella era El Quijote y Picasso; él era Sartre y Botticelli. Ella tenía múltiples collares de colores en tanto él guardaba algún recuerdo de poesía en la cartera. Ella había bailado flamenco y jotas; él leía a Anatole France, a Bertrand Russell y a Stefan Zweig. Ella era Beatles; él, Elvis Presley. Ambos pasaban muchas vacaciones en Veracruz y amaban el puerto. Juntos resolvieron emprender una aventura en una esquina soleada. Ella se llamaba Lolila y él, Donzalo. Años después, descubrí que eran mis padres.
Imagen que acompaña: Maheriana (2008) que por alguna razón oscura, o ni tanto, inspiró el texto.