
Cuando miro el reloj, llega presurosa, jadeante. Se recompone poco a poco: otea su reflejo en un cristal y luego retoca el maquillaje. Sentada frente a mí -sin dejar de observarme-, cruza las piernas para incitarme. Finjo no darme cuenta y comienzo a hablar. Mi monólogo parece interminable y ella, nomás hace un gesto de Mona Lisa. Resisto y continúo hilvanando las palabras sin sentido mientras por efecto de su escote, el sudor escurre por mi cuello. Me interrumpe su carcajada antes de marcharse. Se ha ido por siempre, me duele el ego. Por más buena que estuviese, nunca pensé en pedirle su teléfono. ¿Quién le pide esas cosas a las horas?
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