
© Jesús Robles Maloof (2011), Distrito Federal: ¡Levanta tu voz! Entrada de la Marcha Nacional por la Paz a la Ciudad de México por la Av. Insurgentes, hace unos minutos.
Sentado frente al abismo de la tarde: el aire casi raspa y la calidez agobia. Los minutos se fugan pero la sensación de infierno permanece. Ante el clamor profundo de tregua, acomoda el cuerpo. Los recuerdos lo atraviesan. Se estremece. No es que tenga frío, más bien es como si en su interior se produjese el chirrido al arañar una puerta metálica. Se aferra a sus pensamientos; sabe que la esperanza arrancada de tajo deja un espacio enorme que devora, incluso, las ganas de vivir. El pasado inunda la mirada y se derrama. Nunca imaginó que el perder a un hijo doliese tanto. Herido de muerte, anhela que alguien responda al grito de auxilio... Y nosotros, ¿qué estamos esperando?

Abre los ojos: amanece. El mundo y sus formas se definen por un pestañeo, o varios. La luz de marzo se descuelga en la ventana, las aves conversan [quizá] sobre la inminente llegada de la primavera. Comienza la lucha contra la tiranía del reloj, cierra los ojos, quiere escapar, sentirse. La almohada susurra ecos desconocidos, la noche sabe de espejismos. Busca sin éxito al conejo blanco. Todo lo que conformaba su infancia ha quedado atrás; ahora dominan las imágenes fugaces, desconcertantes, impersonales. Una punzada surge bajo el ombligo cuando se percata de estar evocando a la vida y sus trajines. Pero no, no. Todavía es momento de reconocerse antes de iniciar... ¿iniciar qué? Imposible saberlo a estas alturas, los días tienen más preguntas que respuestas. La queja del intestino se pierde como un eco en sus entrañas. Los agobios pesan, agotan, envejecen. No olvides pagar la cuenta del teléfono. Suspira con languidez y pone atención a sus entresijos: el cuerpo se mece cuando el aire entra y se escapa, una y otra vez, sempiterno. Es como la caja de un acordeón que ya no suena, que está vacía. ¿Cuándo se fue la música? El futuro está escribiendo, se oye el golpeteo disperso de la Remington sobre el papel; más allá, vocifera un claxon histérico. A pesar de los afanes del reloj, no quiere volver, se resiste. ¿El tiempo premia o apremia? No hay respuesta posible, es una trampa. Se estira, lanza sus manos hacia el abismo que acota el techo, el desmayo invade su cuerpo. Resopla, gira el cuerpo inquieto; de nuevo, abre los ojos. Descubre la hora, pega un brinco y sale de la cama. Odia llegar tarde al trabajo; la culpa es de los devaneos mentales: son tan caprichosos como seductores.
© Carolina Vargas (2007), Ronco invierno en:
http://www.flickr.com/photos/sinsabor/2057789975/

Me acabo de enterar que han demolido hace tres días una sección del Hotel Mocambo. Una parte mía acaba de morir con él.
El Mocambo, construido en un estilo arquitectónico mediterráneo español por Manuel Suárez —al igual que El Casino de la Selva en Cuernavaca, hoy también demolido en aras de la “modernidad”—, abrió sus puertas a finales de 1932, en Boca del Río, Veracruz.
Pertenezco a la tercera generación de una familia que hizo de Veracruz, y en particular del Mocambo, su segundo hogar. Por eso, hoy evoco tantas nostalgias, principalmente de mi infancia: hamacas colgadas en sus cuartos; la travesía que entonces se me antojaba “lejanísima” desde el Puerto —que acababa en la Glorieta de Agustín Lara—; terrazas rodeadas de arcos blancos y suelos de mosaico rojos con una privilegiada vista al mar, donde di mis primeros pasos al igual que mi madre hiciera años antes; vitrales testigos de cuando aprendí a jugar al ping-pong; jardines, albercas y escaleras que me llenaban de asombro... En fin, para mí el Mocambo siempre estuvo lleno de rincones mágicos, de historias y de momentos gratísimos que hoy, no han de volver jamás. Una lágrima cruza mi rostro, despidamos con esta elegía al Hotel Mocambo y a toda su historia, que también es nuestra.
Acá dejo un álbum de fotos que me pareció precioso.



