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martes, 11 de agosto de 2009

Zapatero a tus zapatos

Cada vez que encuentro porno en la tele, me ocurre lo mismo. Primero, me fijo en los modelos de lencería y, a veces, en las locaciones. Luego trato de descubrir a las mujeres operadas y con celulitis o si el galán está pasado de kilos, al tiempo que me sorprendo con lo incómodo de las poses. En general, termino saturada de gemidos falsos y pasión inexistente en escenas repetidas. Lo mío es lo erótico, sugerente e imaginativo y, con seguridad, más real. Me pregunto si a esta industria le convendría adoptar un enfoque diferente. Supongo que no; está claro que no tengo visión de comerciante.

Fotografía de Gatochy (2006) sobre obra de Utamaro Kitagawa (1750-1806), Beauty in front of Mirror; en: www.flickr.com/photos/gatochy/276379967/.

jueves, 5 de marzo de 2009

Recuerdos de olvidos

Suelo tener muy mala memoria para los nombres y las fechas. Me pasa -y me da mucha rabia saberlo, pero así es- que estoy viendo una película y cuando ya llevo un buen tramo, me doy cuenta de que ya la había visto. En general, más que recordar las historias que emergen de los libros o de las pantallas, lo que me queda siempre son las sensaciones. Sin embargo, hay casos especiales como este que ahora voy a contar.
Hace ya muchos años, leí por primera vez Pedro Páramo (1953) de Juan Rulfo. Siempre lo olvido y cuando un buen día decido hincarle el diente, descubro -con sorpresa- que ya lo había leído. Llevo no sé cuántas lecturas y me vuelve a suceder una y otra vez, como si fuese mi destino con este libro en particular. Y cada vez que lo releo, si bien descubro que ya lo conocía, me quedo con cosas nuevas y me lleno con la soledad entre fantasmas al adentrarme en Comala, como si estuviese atrapada allí, sin poder salir y la memoria me hiciese trampas. Sea lo que sea, cada vez lo disfruto un poco más.
Y ya que estamos hablando de olvidos, sigamos con esta otra versión cinematográfica. Sale a la luz en el 2000, pero sólo hasta hace poco llega a mis manos. Memento (en español, Amnesia), largometraje basado en un guión de Christopher Nolan nominado por la Academia, es un thriller sicológico que va, a saltos, armando una historia hacia atrás, como los cangrejos. Desconcertante al inicio y con personajes de los que desconfiamos porque no sabemos de dónde salen, lo que importa son las causas que vamos conociendo poco a poco, a partir de las consecuencias y cómo éstas nos van contando una historia que nadie sabe si es verdad. Muy interesante uso del tiempo y recorrido espeluznante por la memoria y sus recovecos.
Para cerrar con broche de oro esta tercia, hablemos ahora de Luis Cernuda y su serie de poesías agrupadas bajo el título Donde habite el olvido (1932-1933), en su libro La realidad y el deseo, a partir del cual toma nombre este post. Un hermoso viaje por la memoria y el olvido, que nos recuerda siempre que la poesía nutre tanto al alma como a la razón.
Y algo más iba a agregar pero parece que se me ha olvidado, así que ahí le dejamos para la siguiente.

sábado, 17 de enero de 2009

Una de cal y otra de arena

Esta vez, sólo comento un par. La vida no ha dado tiempo para terminar de cocinar otras cosas, aunque en esas andamos.
Con un eje que gira en torno a la formación militar del niño superdotado Ender, basada en "el fin justifica los medios", la novela ganadora del Premio Nébula (1985) y del Premio Hugo (1986) de Orson Scott Card, El juego de Ender (Ender's game, 1985) es una entretenida historia de ciencia ficción que incluye varios elementos muy actuales, como una red de comunicación similar a la Internet y los juegos de video y simulaciones como parte de los entrenamientos. Epopéyica y con caracterización psicológica del personaje, aunque bastante predecible para mi gusto,tiene muchos elementos que recuerdan otras obras similares escritas o llevadas a la pantalla.
Si en cambio, prefieren historias de la vida real en la pantalla grande, vale la pena ver Un milagro para Lorenzo (Lorenzo's oil, 1992). Interpretada por Susan Sarandon y Nick Nolte, describe el drama de los Odone cuyo hijo Lorenzo (1978-2008) presenta a los cinco años los síntomas de una enfermedad degenerativa e incurable, la ALD o adrenoleucodistrofia, causada por un exceso de ácidos grasos en el organismo. La trama describe, además de la progresión de la terrible enfermedad, los esfuerzos monumentales de los padres por salvar la vida de su hijo en contra de todo pronóstico. Una historia en que la perseverancia, la determinación y sobre todo, el amor, tienden puentes hacia un incierto futuro en el que parece que nadie apostaría, pero que a fin de cuentas, cambió muchos rumbos.

lunes, 5 de enero de 2009

De chile, de dulce y de manteca


Cuando hace unos meses inicié con este blog, resolví incluir en él algo que pudiese abrir boca a la lectura o a otras actividades, recordando siempre que ni soy crítica ni nada parecido, sólo expreso mi opinión. Hasta ahora, no lo había intentado pues mi mente vagaba por otros mundos y no había manera de regresarla, ni tampoco tiempo para aplicarme. Sin embargo, las pausas siempre sirven para recapitular y rectificar rumbos, así que heme aquí, estrenando una sección personalísima que no sé bien hacia dónde nos lleve, ¡a ver qué pasa!
Hace un poco más de un mes, mi comadre me habló de un libro para niños que sonaba encantador y que explicaba en forma sencilla el concepto del alma. No lo conocía, así que investigando un poco, encontré que muchos de mis niños cercanos lo conocían, lo tenían y además, les encantaba. Lo pedí prestado y lo leí. Atención para todos pero en especial, para aquellos que sean padres o tíos dedicados, busquen El pájaro del alma (1993) de Mijal Snunit y con ilustraciones de Francisco Nava Bounchaín. Les aseguro que no se van a arrepentir y que lo van a disfrutar tanto o más que yo.
Pasando a otro tema, en tiempos recientes existe mucho alboroto por Cornelia Funke y la trilogía que inicia con Corazón de tinta (2003). Confieso que le tenía muchas ganas al libro y que fue hasta hace poco, que logré hincarle el diente, antes de que la versión cinematográfica me ganase. La tesis de la que parte me parece una idea genial pero nomás, no acabé de engancharme con la historia. El libro me pareció que no fluía, que era demasiado artificial, que sus personajes no cautivavan y hasta la trama, se me hizo aburrida a ratos, además de que la traducción tiene varios errores en el uso del español que me parecen inadmisibles. Lo terminé de un jalón, más por disciplina que por cualquier otra cosa y lamento el desencanto, pero a pesar de las ganas no dió el ancho para mis gustos, ni pex.
Volví a ir al cine hace unos días, luego de ni sé cuánto. Me eché el estreno de Rudo y Cursi (2008), de Carlos Cuarón, interpretada por los dos bombones taquilleros mexicanos, Gael García y Diego Luna, quien por cierto, esta vez me gustó más aunque es probable que el papel le ayude bastante. La cinta está bien y es entretenida; con tintes de comedia se habla de la tragedia de la vida en el futbol mexicano y de otros aspectos sociales y familiares, bastante comunes y muy tristes por desgracia, que se sacan a relucir. La idea central es la hermandad, que aglutina la trama y se ve hasta en los créditos. Cada quien sus gustos pero a mí, no me convenció y me quedo, en definitiva con Y tu mamá también (2001).
Y para cerrar, aquellos que gusten de la fantasía y los cuentos no pueden perderse Stardust (2007), dirigida por Matthew Vaughn y basada en la novela del mismo nombre de Neil Gaiman. Con un interesante reparto y con las extraordinarias actuaciones de Michele Pfeiffer y Robert de Niro que se llevan la película a pesar de ser personajes secundarios, cuenta una historia bellísima, bien lograda en el cine y que deja ese buen sabor de boca para comenzar el año.

domingo, 28 de diciembre de 2008

Cada quien sus vicios

A últimas fechas me sorprende cuán insensibilizados estamos todos frente a los deseos o la forma de vivir del otro. La vida de pacotilla nos ha llevado tan lejos que hemos dejado la parte que nos hace humanos de lado y parece que el camino no tiene vuelta. El vivir y dejar vivir, tan pregonado, es hoy una especie de eco que se repite a todas voces pero sin efecto alguno. Hemos creado supuestas formas que, más que conducirnos por un camino común, funcionan como camisas de fuerza que nos detienen y no permiten que nos movamos hacia ninguna parte. Las fórmulas sociales se imponen y detienen los principios fundamentales del individuo, tan vitoreados desde el siglo XVIII, para atraparle en una red de la cual es imposible, o al menos así lo parece muchas veces, escapar.
El otro día charlaba con un amigo querido que lleva varios años fuera del país y que estaba feliz por haber vuelto de visita, pero a la vez, reconocía que al estar lejos, esos defectos cotidianos mexicanos se le hacían mucho más patentes, mucho más visibles y por ende, insoportables. Esto de conducirse cotidianamente con la frase que me parece abominable de "el que no tranza, no avanza", no nos hace nada bien sino al contrario, pareciera que nos asoma a una ventana en la que el chingar al prójimo pareciera ser la única manera de vivir. Y perdón pero no estoy de acuerdo. Lo peor es que esta actitud permea muchas de nuestras acciones constantemente y nos hace unas bestias jodidas sin parangón. Por ejemplo: ¿Por qué voy a hacer la cola del súper si me encuentro con mi amigo X que está a punto de llegar a la caja? Mejor me meto y me río de la bola de idiotas que siguen esperando su turno porque yo he sido más listo que todos ellos y no he tardado nada en pagar mi cuenta. ¿Por qué no voy a entrar en ese vagón del metro si puedo aplastarlos a todos y no esperar al siguiente? Total, los aplastados son ellos, podrían hasta quitarse o bajarse del metro para dejarme su lugar. ¿Por qué tengo que pensar en no hacer ruido si es de noche y estoy en mi casa y puedo poner la música tan alto como yo quiera? Los vecinos serán los que no duerman pero mi equipo de música suena harto fuerte y yo soy el rey de la selva porque soy el dueño de este lugar. ¿Por qué no voy a insultar a esa vieja del coche de adelante que se ve que ni sabe manejar porque no arranca (a pesar de tener varios coches en frente) y le voy a decir hasta de lo que se va a morir? Me la puedo madrear en un tris, así que ni se atreverá a reclamarme y yo me divertiré al ver la cara de asustada que pone. ¿Para qué tirar la basura en su lugar? Al contrario, hay que tirarla donde sea porque así, los señores de naranja tienen chamba. ¿Por qué tengo que ocuparme de vigilar que mi hijo no esté dando de patadas al asiento del señor de al lado si yo estoy platicando con mi amiga bien agusto? Y podría seguir dando ejemplos, pero la verdad, creo que no son necesarios y todos tendremos cientos de historias personales que aportar.
Pero la cosa no acaba allí, en el plano impersonal sino llega a inmiscuirse en cuestiones mucho más cercanas, entre conocidos y sólo voy a dar un ejemplo personalísimo y que traigo atorado. Soy la bella durmiente, esto es, me fascina dormir. Hay quienes necesitan dormir poco y pueden estar al cien, pero yo no, a mí me hacen falta bastantes horas de sueño. En mi vida cotidiana, duermo muy poco, menos de lo que debería y mucho menos de lo que desearía así que los fines de semana y vacaciones me desquito y puedo dormir hasta pasado el medio día. Pero conseguir eso es casi imposible. Todas mis amistades y familiares saben de mi vicio de dormir pero he llegado a la conclusión de que a muy pocos les importa. Innumerables veces he sido despertada en sábado o domingo con palabras como ¿estabas todavía dormida?, ¡ya es hora de que te levantes! y hasta ¡no es posible que estés en la cama todavía! Hay quienes hasta en el espacio de unas cuantas horas de domingo en la mañana me han llamado varias veces, tanto al teléfono fijo como al celular y siguen llamando sin cesar hasta que furibunda, les respondo; las más de las veces, simplemente me arrancan de la cama. Hay quienes me dicen que debo desconectar todo pero siempre me pregunto qué pasaría si hubiese una emergencia. Yo fui criada con los buenos modales de que a ciertas horas, ya no se debe llamar por teléfono a menos que sea de verdad urgente, pero me pregunto cómo es que los demás entienden su parte. Si yo no llamo tarde a mis amigos que sé que se duermen temprano, por qué ellos no pueden dejar de llamarme en la mañana, cuando saben que yo duermo. ¿Es tan difícil de entender que tengo el vicio de dormir hasta tarde? En fin, esto es una catarsis. Cierto, hoy me he levantado de mala leche porque he sido despertada no por una, sino por siete llamadas entre las nueve y las once y pico de la mañana. Tenía que sacarlo de alguna manera y para variar, la que mejor se me da es esta.
A mis lectores cotidianos, una gran disculpa pues, luego de la pausa de tres semanas que me he echado sin escribir, vuelvo con la espada desenvainada. Prometo que en breve, me enmendaré.

martes, 7 de octubre de 2008

¿Involuciones?



Después de muchas vueltas y cambios, el ser humano desarrolló un complejo sistema de comunicación dotando a los signos de significado o a los significados de signo, según como se vea. Y eso ocurrió luego de que la evolución hiciera su trabajo al proporcionarnos este aparato vocal que, aunque a veces no lo parezca, es una maravilla. El punto es que surgió eso que hoy llamamos lenguas y que son, en casos como el nuestro, una verdadera complejidad: sistemas intricados de capas que, emulando a una cebolla, poseen reglas particulares que dictaminan la construcción de ideas para expresarlas y compartirlas. El lenguaje que desarrollamos fue mucho más allá, y se plasmó en diversos medios escritos, electrónicos, pero también sirvió para transmitir ideas sin palabras (que tampoco es novedad en la historia de la humanidad) y palabras sin ideas (¡toda una revolución!). Hasta ahí, suena más o menos bonito, ¿no? Ahora bien, ¿qué es entonces lo que está ocurriendo ahora? Me explico.
Pasamos buena parte de nuestras vidas hablando, diciendo palabras que significan tal o cual cosa. Hay quienes hablan más que otros, pero de eso no voy a hablar aquí ahora. Sin embargo, me viene pareciendo frecuente el hecho de que lo que se dice ya no está comunicando ideas, sino que nomás se dice y el viento se lo lleva. ¿Quién no se ha visto sorprendido por un jefe, un amigo o hasta un desconocido que dice algo que, de pronto, nos es imposible entender? Cuando me di cuenta las primeras veces, pensé que a lo mejor me estaba quedando tonta (que bien puede ser cierto, aunque eso es harina de otro costal), pero son ya tantos los ejemplos que mi tesis inicial ha cambiado radicalmente. Las personas a nuestro alrededor hablan (y conste que yo no me salvo del ejemplo) y dicen suponiendo que nosotros sabemos algo que no se dice, pero como los que escuchamos no sabemos, pues no entendemos. Huelga decir que la cantidad de malentendidos en la actualidad por esta falta de comunicación, me parece alarmante. Puede que el caso no sea nuevo en la historia, pero es que cada vez pasa con mayor frecuencia, no hay derecho...
Además, al menos en el entorno en el que me muevo, el número de palabras utilizadas tiende a reducirse dramáticamente. Pareciese que todos estos siglos que nos dieron riqueza en la lengua, no han servido de nada, porque ahora, como pasa con los celulares, está de moda el disminuir más y más el tamaño de las cosas. Y por si fuera poco, se nos hace más cómodo usar palabras prestadas de otras lenguas que construir las propias, además, eso se ve como una acción en contra de la modernidad. El afán reduccionista nos invade a tal grado, que dicen por ahí, que en la actualidad, el número de palabras usadas cotidianamente por un adolescente mexicano ronda por las cien… ¿qué se hace entonces con el resto del diccionario? ¿Lo tiramos a la basura y ya? O para remar en contracorriente nos dedicamos a usar otras palabras que en poco nadie más conocerá, asumiendo el riesgo de que todavía, nos entendamos menos.
Como si no faltaran motivos, la vida contemporánea sigue dándonos razones para reducir aún más el número de palabras que usamos. ¿Para qué escribir toda una frase diciendo “estoy muy feliz” si podemos ahorrarnos el tecleo con sólo tres signos, a saber :^D, que además, dependiendo del contexto, puede tener un montón de otros significados ocultos y acaso, desconocidos para nuestro interlocutor? Y luego vienen las paqueterías que todos usamos en las computadoras que desconocen muchas palabras, pero eso sí, nos permiten agregarlas al “propio” diccionario. Está bien que una lengua es un sistema en movimiento que se modifica constantemente, pero ¿a poco a tal grado que cada quien puede armar su propio diccionario? Porque, no es que sea yo enemiga de la pluralidad (me parece maravilloso que cada cual construya su propio diccionario) pero dudo mucho que, a estas alturas, existan muchas personas que se dediquen a enriquecer sus paqueterías.
En fin, que me parece trágico que todo lo anterior suceda y para empeorar el asunto, sucede bajo nuestras propias narices y sin darnos apenas cuenta. ¿Qué camino debe elegir el que se dedica a estudiar el lenguaje, el que se dedica a enseñarlo o el que lo usa en su labor cotidiana? ¿Y los que son puro lenguaje y lo escriben y lo hablan como forma de vida? ¿Qué elección personalísima tenemos, si es que la tenemos de veras, cada uno de nosotros, de contribuir o no a esta hecatombe? ¿Qué hacer si cada vez nos entendemos menos? No tengo la menor idea de qué decir ante todas estas preguntas que planteo y por eso es que resolví publicarlas, para ver si alguien puede ayudar a desenmarañarme.

lunes, 22 de septiembre de 2008

De Guernica a Michoacán


He tardado en digerirlo. Ni modo, soy lenta, ¿qué le voy a hacer? Me quedé un rato pensando en si valía la pena comentarlo pero luego de varias disertaciones concluí que no me puedo quedar callada al respecto, así que abramos el pico.
En casa cuelga una copia del Guernica, homenaje a la historia familiar y también recordatorio de la necedad humana. Tremenda barbaridad que, entre muchas otras, no acaba de enseñarnos que matarnos los unos a los otros no es la solución, sea cual sea la razón. Dicen por ahí que la falta de política es la guerra, pero me atrevería a pensar que es más bien EL gran negocio y motor de ciertas economías.
Por desgracia, las barbaridades son comunes en la historia de nuestra especie. No las confundamos con la agresividad instintiva, arena de otro costal y probada est que en diversos organismos, no ocasiona los mismos efectos. Por muy salvajes que sean algunos animales, nos llevamos el premio mayor con creces. Sin embargo, la escala actual de barbaridades que nos rodean me deja atónita y con una sensación de vacío que no hay manera de llenar.
Y si bien nos creíamos impunes, desde hace ya varios años se nota que en nuestro país va in crescendo la cascada de barbaridades, atrocidades feroces, que nos bombardean una y otra vez. Pareciera que las noticias compiten para ser cada vez más ríspidas, más amargas y devastadoras. El grito de horror del pasado 15 de septiembre nos muestra que, de no cambiar las cosas, el vórtice violento y deshumano nos tragará sin contemplaciones, como ya lo ha hecho con otros países en nuestro continente y más allá de los océanos.
Se oyen muchas voces que claman justicia y de hecho, la afrenta alcanza sin lugar a dudas todas las esferas sociales y políticas de nuestro país. Pero el punto es qué hacer nosotros mismos, cómo parar el motor del narcotráfico. La respuesta me parece relativamente sencilla, aunque se me antoja inalcanzable dadas las estadísticas que hoy se presentan en torno al consumo de drogas en México. Y no es que atente contra la libertad individual de decidir qué hacer con el propio cuerpo, cada quien sabe su cuento, pero el espeluznante aumento en el consumo de sustancias prohibidas nos emite una señal de alarma: a mayor consumo, mayor problema. Peor todavía, la edad a la que se inicia dicho consumo, desciende como bólido. ¿Dónde están las campañas de prevención, qué se hace actualmente con los jóvenes, cómo se les guía hacia otras tierras menos inhóspitas? Menuda faena a resolver.
Justo ayer se celebró el Día internacional por la paz. Apenas me enteré y no creo haber sido la última en saberlo. Desde nuestra pequeña y solitaria trinchera, hagamos de la paz nuestra consigna, día a día. Hay montones de maneras para contribuir personalmente, el punto es no dejar de hacerlo y despistarnos con la ilusión de que otros tienen la responsabilidad de aportar las soluciones. Pongamos nuestro granito de arena con la conciencia de que no todo está perdido… aún. ¡Encaremos, de una vez por todas, la barbaridad!
Imagen que acompaña: Pablo Picasso (1937), Guernica.