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domingo, 24 de julio de 2011

De arena y agua


—¡Cuéntame más! ¿Cómo es?—, insiste. Las horas escapan mientras hablo de la finísima arena blanca, de la mar en calma, transparente, de los peces de colores, de las piedras dormidas... Su mirada es un abismo, la sorpresa lo rebasa. Yo voy dibujando aquel lugar que llevo grabado en el alma y me pierdo, poco a poco, en los recuerdos.


Cierro los ojos y puedo sentir el golpe de calor al salir del avión, la humedad que recibe con los brazos abiertos. Un camino verde que se hace eterno de tanta impaciencia acumulada al tiempo que leo con cuidado los letreros en una lengua tan desconocida como mágica. Al llegar, la luz blanca inunda la habitación y más allá de las palmeras, surge el olor a sal y el rumor de las olas. Después, el momento cumbre en que la mirada otea el horizonte por primera vez y la voz se rinde, sobrepasada de emoción, ante el atardecer, el mar, el cielo. El universo parece pequeño, me siento completa.


Conforme sigo descubro que el tiempo me ha erosionado, subsisten nada más retazos sueltos de aquellos días, instantáneas que capturan las sensaciones y articulan mi tejido de vida. La memoria es eso en lo que creemos pero que quizá, no existe. Y así yo en aquella playa, con mis coletas y cubeta y pala en mano mientras las pesadillas de tiburones en un cuarto de azulejos amarillos se diluyen con el rayo del sol. Sé bien que la máquina interna no para nunca; sin embargo, en ese entonces el engranaje era perfecto, no existían las ausencias ni el desgaste que causa la asincronía, todavía. El resto del mundo se fundía en silencio cuando me echaba a volar... ¿Dónde fue que perdí todo aquello?


Intranquilo, pregunta por qué lloro. —Será que estoy hecha de arena y agua—, respondo. Hace una mueca extraña, mis palabras no le dicen nada: su vida es aún muy corta. Le sonrío y la luz vuelve a sus ojos; me pide que siga contando la historia. —No hay historia—, pienso, pero continúo hasta que se queda dormido; sé que sueña con el avión que, mañana, lo llevará a su propio paraíso.


© Toucanart, Criança na praia en:

http://www.toucanart.com/pt/products/7833/


lunes, 18 de julio de 2011

Caleidoscopio


Me miro en él como si fuera un espejo donde reconozco vicios y virtudes. Con la luz llegan fragmentos de lo que todavía somos, de lo que aún queda; las geometrías convierten al punto de origen en un haz ignoto. Pero en los reflejos también hay diferencias de fulgor y en cómo el rayo incide sobre los cuerpos según la sustancia que los forma, sea tristeza o alegría, fuego o agua...


La imagen es compartida; la fascinación se incrementa al seguir mirando y acompañar el rastro de tinta que escurre mientras hilvanamos los días. Caminamos sin rumbo fijo, no hay necesidad de brújula cuando se busca el extravío; tampoco es requisito calcular el tiempo, está hecho a la medida y se extiende conforme llegamos a cualquier lugar.


La mutua contemplación nos devuelve renovados. A pesar de las deformaciones cotidianas, somos felices jugando al derrelicto. Por ahora, este caleidoscopio es la única metáfora que encontramos para —acaso— sentirnos (más) vivos. Lo único que no debemos olvidar es que, cuando el espejo se rompa, nomás quedará la noche.



© niedersachsenfoto (2011), Aquarell, Oldenburgo, Niedersachsen, Alemania en:

http://www.flickr.com/photos/21975505@N05/5559676918/


jueves, 14 de julio de 2011

Tríptico de lluvia


I


Una ventana abierta; la mujer contempla el horizonte. Varios recuerdos rotos esparcidos por el piso. Y la lluvia que no termina nunca.


II


Habitación a media luz. El hombre piensa en la cartografía de la palma de su mano. Recuerda algo pero no sabe qué. Sigue lloviendo.


III


Es de noche. La mujer y el hombre duermen, distantes. No quedan recuerdos vivos, la lluvia arrasa con todo. No hay historia, puro espejismo.




© José Montenegro (2007), Noche con lluvia, Campo Marzio, Roma, Italia en:

http://www.flickr.com/photos/jose-montenegro/481988737/

miércoles, 9 de marzo de 2011

Maitines


Abre los ojos: amanece. El mundo y sus formas se definen por un pestañeo, o varios. La luz de marzo se descuelga en la ventana, las aves conversan [quizá] sobre la inminente llegada de la primavera. Comienza la lucha contra la tiranía del reloj, cierra los ojos, quiere escapar, sentirse. La almohada susurra ecos desconocidos, la noche sabe de espejismos. Busca sin éxito al conejo blanco. Todo lo que conformaba su infancia ha quedado atrás; ahora dominan las imágenes fugaces, desconcertantes, impersonales. Una punzada surge bajo el ombligo cuando se percata de estar evocando a la vida y sus trajines. Pero no, no. Todavía es momento de reconocerse antes de iniciar... ¿iniciar qué? Imposible saberlo a estas alturas, los días tienen más preguntas que respuestas. La queja del intestino se pierde como un eco en sus entrañas. Los agobios pesan, agotan, envejecen. No olvides pagar la cuenta del teléfono. Suspira con languidez y pone atención a sus entresijos: el cuerpo se mece cuando el aire entra y se escapa, una y otra vez, sempiterno. Es como la caja de un acordeón que ya no suena, que está vacía. ¿Cuándo se fue la música? El futuro está escribiendo, se oye el golpeteo disperso de la Remington sobre el papel; más allá, vocifera un claxon histérico. A pesar de los afanes del reloj, no quiere volver, se resiste. ¿El tiempo premia o apremia? No hay respuesta posible, es una trampa. Se estira, lanza sus manos hacia el abismo que acota el techo, el desmayo invade su cuerpo. Resopla, gira el cuerpo inquieto; de nuevo, abre los ojos. Descubre la hora, pega un brinco y sale de la cama. Odia llegar tarde al trabajo; la culpa es de los devaneos mentales: son tan caprichosos como seductores.


© Carolina Vargas (2007), Ronco invierno en:

http://www.flickr.com/photos/sinsabor/2057789975/


miércoles, 26 de enero de 2011

Desde el faro


Una mujer se asoma a la tarde y mira al mar. Sus ojos recorren la línea espejo infinita que separa universos azules; brotan escalofríos a causa de la emoción por el paisaje. Todavía hay demasiada luz y las gaviotas navegan ligeras como ancladas al viento, sus graznidos cortan el silencio. Esta esquina del mundo sabe de soledades; la llegada ocasional de víveres da tregua a la sucesión descolorida de días y noches. Hubo un ayer de flores y promesas; ahora no hay sino hierbas, musgos, acantilados…. Cuando el sol comienza a menguar, las sombras pueblan la tierra y el cielo se incendia, el corazón retumba. En este lugar estuvo el paraíso donde Adán correteaba a Eva… pero eso fue hace mucho tiempo, antes de las olas y los gritos, antes de que el océano devorara lo más querido, ya casi ni lo recuerda. Una lágrima se derrama cuando la tarde se fuga; ella y la mujer anochecen juntas.

© pseudonimo51 / Roberto Russo (2006), Faro Ventotene, Ísole Pontine, Italia, en:
http://www.flickr.com/photos/robertorusso/2091414428/

viernes, 21 de enero de 2011

Souvenir


No supo cómo aquel disco se coló en sus manos. Un momento y los retazos del pasado vinieron a asaltarla…

El cuerpo, lleno de soledades, buscaba consuelo esa noche. Encendió la computadora y se conectó a Internet. Vacilaba pero se decidió por aquel chat, un “poco” sórdido. Luego, las dudas se instalaron. Estuvo a punto de hacer “clic” y desaparecer por siempre, cuando él preguntó algo. Ya no sabe exactamente lo que charlaron pero sí recuerda esa sensación de “estar en casa”. Perdidos como estaban, se contaron sus historias, tristes, eso sí. Intercambiaron teléfonos. Él llamó enseguida y amanecieron cobijados por un espejismo. Quedaron ese mismo día, las ganas apremiaban. Pasaba del mediodía y él tocó a la puerta. No hubo flechazos. Con timidez, le ofreció un disco de regalo y contó una historia; a ella le pareció un lindo detalle. Después vino el silencio. Él tomó la iniciativa y se lanzaron al abismo. Varios intentos, los fantasmas de ambos se cruzaban. Finalmente, se durmieron abrazados. Despertaron más tarde y aunque lograron volar, fue evidente la lejanía —nunca llenes vacíos a la fuerza. Derrotados, se despidieron con un beso.

Ella mira el disco entre sus manos. Lo pone en el reproductor, la música es preciosa. Sonríe. No recuerda el nombre ni la cara; nunca volvieron a verse. Lamenta no haberle dado las gracias. Desde ese día, cada vez que quiere apresurar al corazón, evoca los recuerdos y escucha aquel disco… para jamás olvidar que el desamor es un trago amargo y difícil de pasar.

© i n i m i n i (2010), Solid en:
http://www.flickr.com/photos/57684906@N00/4721973667/in/set-72157623939110540/

viernes, 14 de enero de 2011

Amar es más que verbo


¿Cuántas veces te has asomado a la calle buscando algo que no sabes qué es? Te reflejas en algunos rostros, en el fondo de las copas de vino, en los amaneceres. Sin que seas consciente, vas por la vida sin rumbo fijo aunque aparentes otra cosa. Eres reconocido en tu profesión, ganas premios, recibes múltiples alabanzas, tienes lo que parece una vida feliz y plena. Pero pasas los días perdido e incompleto, incómodo, solo. Supones que las nimiedades de lo cotidiano impiden tu concentración. Te engañas por soberbio. La realidad es otra: te acorazaste y tu alma quedó vacía; creíste que amar, nomás era un verbo.

© Pino Carrola (2010), Y rema en espiral, en:
http://www.flickr.com/photos/pinodesign/4512034151/in/set-72157610308845890/

sábado, 8 de enero de 2011

Atemporal


Al llegar, la casa parece vacía —tú sabes que está llena—. Los rayos de sol entran con timidez por las rendijas de las persianas, acariciando todo lo que tocan, tu piel percibe la calidez del espacio donde el tiempo no existe —es maravilloso estar de vuelta—. De las paredes, cuelgan los recuerdos en blanco y negro. Si pones atención, oyes las conversaciones que, con los años, guardaron las alfombras y los muebles. En tu recorrido por las habitaciones encuentras distintos estados de ánimo coloreados por la nostalgia. Las carcajadas y los llantos se arremolinan como corrientes a tu paso. Los sueños forman telarañas en las ventanas mientras que los gritos, quedaron suspendidos en algunas esquinas del techo —el verlos así te hace gracia—. Todo es luz y sombras, tu silueta se pierde en el espacio y sientes que tu cuerpo no es más que una colección de retazos. El crujir de la madera del piso haría pensar que la casa está habitada: son las pisadas que, en medio del silencio, anuncian tu presencia. Te detienes y miras hacia los lados esperando que los fantasmas irrumpan en escena pero tu deseo es en vano, aquí no hay nadie. Decepcionado, suspiras y tomas la llave. Abres la puerta y al salir, cierras con cuidado. Sonríes. Eso de poder visitar tu pasado en cualquier momento, empieza a gustarte.

© copepodo (2007), Cerradura en Frómista, Palencia, Castilla y León, España en:
http://www.flickr.com/photos/copepodo/471576291/

lunes, 3 de enero de 2011

Un día cualquiera

¡Quiquiriquí! Tic-tac. Pío pío. Tic-tac-tic-riiiiin. Pío, pío. Tolón, tolón, tolón. Rrrrrrrrrrrum. Glú, glú, glú. ¡Ah! Ssss, ¡pac!, ñam, ñam. Plic, ploc, shhhhhhh, lalalá, shhhhhhh, ploc. Guasha, guasha, guasha, grrr, ¡pt! Grrr, ¡pt! Tac tac tac tac. Clac. Tac tac tac, taaac, taaac, taaac, taaac, tac tac tac, taaac, taaac, taaac, taaac, tac tac tac. Guau guau. ¡Pac! Clic. Run, run, ruuuuuuun, bip, bip. Ruuuuun, ¡iiiiiihhh! Tú-ru-tú-ru-tú-ru, ruuuuuuun. Clic. ¡Pac! Tac tac tac tac. Toc, toc. Tac tac tac. Taka, taka, taka, taka, cling, taka, taka, taka, taka, cling, taka, taka, taka, taka, cling, taka, taka, taka, taka, cling. ¡Ring! Blá, blá, blá. Taka, taka, taka, taka, cling, taka, taka, taka, taka, cling. Tac tac tac, glú, glú. Taka, taka, taka, taka, cling, ¡ring! Blá, blá, taka, taka, taka, taka, cling. Tac, tac, tac, tac, tac. ¡Pac! Clic. Run, ruuuuuun, ruuuuuun, ruuuuun. Bip, bop, bip, bip, booooop. Ruuuuuuuuun. Clic. ¡Pac! Ding-dong. ¡Aaaah, smuack! Chin chin. ¡Mmmmm! Ñom, ñam, ñam, glú, glú, glú, ñem. ¡Mmmmmmm! Blá, blá, blá, blá, blá. ¡Smuak! ¡Pac! Clic. Run, ruuuuun, ruuuuun. Plip, plop, ¡barrummmmmm! Plop, plip, ¡barrummmm! Shhhhhhhhhhhh. ¡Splash! Runnn, ¡splash!, ruuun. Clic. ¡Pac! ¡Brrrrr! Tac tac tac. ¡Achú! Tac, tac, tac, taaac, taaac, taaac, taaac, tac tac tac, taaac, taaac, taaac, taaac, tac tac tac. Clac. ¡Achú! Glú, glú, ñam, ñam, glú, glú. Tic, tac, tic, tac. ¡Bzzzzzz, ouch! Tic, tac, tic, tac. Zzzzzz.

sábado, 1 de enero de 2011

Las pequeñas cosas


Amanece.
Trémula luz de un año que casi ni hemos estrenado.
Ella se peina ante la ventana, los minutos escurren despacio.
Una lluvia ligera empapa los corazones de los transeúntes. Él no lleva paraguas —en esta época no suele llover—, se cubre como puede la cara con el sombrero. El agua trasmina el saco. Tiene frío.
A lo lejos, despierta el zumbido de la avenida. Aquí dentro, todavía los gatos están dormidos bajo las mantas de la cama. Hora de hacer café. Suspira.
Sube al autobús y se acomoda en el primer sitio libre, junto a una señora que lleva sobre sus piernas la bolsa de la compra en el mercado. Berros y zanahorias la delatan.
El chofer del autobús sonríe al recordar la cara de felicidad de su hija con la bicicleta roja.
—Hay poca gente en la calle— piensa, como si de verdad le asombrara. Luego, el frío se le pega a la espalda, parece que lo abraza. Le fastidia estar mojado.
Contempla cómo el agua comienza a hervir. Queda absorta por el burbujeo hasta que un timbre de teléfono de algún vecino la devuelve a la realidad. Pone tres cucharadas de café y cuando va a cerrar el tarro, decide poner una más.
El autobús trepida en sus entrañas; no se mueve. El semáforo demora una eternidad en cambiar al verde.
El aroma del café invade la casa. Uno de los gatos ha despertado y viene a ronronear hasta sus piernas, cubiertas de franela.
Un viejo sube al autobús. Se parece a su padre. —Lo llamaré más tarde— se dice a sí mismo en forma de promesa. La mujer a su lado lo mira con desconfianza: parece un loco hablando solo.
Oye los pasos sigilosos del hombre del periódico por la escalera. Mira el reloj para comprobar la hora. —Sí— susurra —ha llegado temprano el día de hoy—. Y vuelve a la ventana. Al primer sorbo de café, sus ojos se abren: ha despertado. Más allá, oye como el gato rasca la arena en la cocina.
Un autobús se detiene en la acera de enfrente. Una flor amarilla que asoma por el asfalto. Se apea un hombre que parece mojado.
Sin saber muy bien por qué, él voltea hacia una ventana donde la ve, como un fantasma sosteniendo una taza en sus manos.
Se miran un instante que parece eterno.
Luego, él retoma su camino y desaparece tras dar vuelta en la esquina.
Ella lo sigue con los ojos, hasta perderlo.
El sol se asoma por el horizonte.
El año ha comenzado.


© jam343 (2004), Sin título de:
http://www.flickr.com/photos/jam343/1703693/

jueves, 29 de julio de 2010

Las manos

No puede dejar de pensar en ellas, le obsesionan: grandes, sudorosas, los dedos largos y las uñas mal recortadas. Cierra los ojos con fuerza, como si la ausencia de luz pudiese aislarla del dolor. Trata de imaginar su cara o su voz pero es inútil, vuelven las manos a ocuparlo todo. Dedos que inundan su boca, cubren sus pechos y llegan hasta el abismo de su ombligo. Manos que suben siguiendo el cauce de sus piernas, que surcan los muslos y se acercan al sexo, que se multiplican por mil. Después, la explosión… Hace más de veinte años y no puede olvidarlas. Por eso, hoy Laura está aquí, con la mirada fija en el suelo. Unos metros bajo tierra se encuentran los restos de aquellas manos que idolatra y que jamás volverán a tocarla, aunque el recuerdo todavía provoque humedad entre sus piernas. Impotente y con lágrimas de rabia acumulada escurriendo por el rostro se pregunta si, algún día, logrará escapar de las manos de su padre.


© Isthare (2009), Somos manos que… en:
http://www.flickr.com/photos/isthare/3811991194/

jueves, 8 de julio de 2010

Cartografía humana

Todo empezó como suelen iniciar estas cosas, por pura casualidad. Unos pasos más y estaban jugando con fuego. Sin darse cuenta, cruzaron la frontera invisible que cerca al buen juicio y, embelesados por las sensaciones, se adentraron en un lugar que no hubieran visitado de otra manera, donde lo que debe ser y lo prohibido se desdibujan y confunden sus límites. Cuando se percataron del rumbo, ya era tarde: la piel ardía y el deseo quemaba, la danza había comenzado. Para ser humanos la razón debe dominar al instinto. Puede que quisieran detenerse —no lo sabemos en realidad— pero la fiera interna venció al arrastrarlos hacia playas desconocidas y convertirlos en un amasijo de cuerpos enfebrecidos. Fueron plenos y felices con ecos lejanos de culpas, tal vez —eso no tiene importancia para la historia—. Pasada la tormenta, el cielo se despejó y el viento disipó las cenizas de aquella hoguera. Se separaron porque lo suyo no era posible, porque no había nada que los mantuviera juntos. Sin embargo, no lo olvidarían jamás: sabían que la memoria de la piel es parte sustancial de la cartografía humana.





© Seattle Miles, (2009), It takes two to tango in Buenos Aires en:

lunes, 1 de marzo de 2010

Invierno

Despierto con el invierno instalado en el cuerpo. Entre mis brumas, siento tu presencia constante: parece que me miras. Conforme el día avanza, me culpo por haberte dejado entrar aunque, en realidad, te colaste solo y furtivo; después, no supe cómo echarte. De pronto, las sombras vuelven, el frío arrecia, comienza a llover. Recuerdo tu voz pronunciando su nombre. Algo se rasga en mi interior. El agua se derrama al llegar la noche. Mientras más silencioso es el amor, más agudo es el grito. Trato de dormir. Sólo quiero olvidar que el sueño terminó: he conocido a tu mujer.












© María Siabala (2007), Casa de Nicolás de Rivera, el Viejo. Invierno en Punchauca, Lima – Perú en:
http://www.flickr.com/photos/onemarie1/952104025/

lunes, 22 de febrero de 2010

Encuentro

Con harto cariño para las Luris-luris, por la complicidad

Acercamos las bocas muy lentamente. Un roce ligero y la promesa de humedad ante un incendio imposible de contener. El deseo crece y se transforma en cálido aliento que todo lo envuelve. Sutil y preciso es el disparo: nuestras bocas se juntan, se tocan y se conocen de todas las maneras posibles mientras convierten al tiempo en rehén de sus anhelos. Estamos conectados por un punto que se multiplica. Los labios vibran ante el roce constante —a veces suave, otras compulsivo—, en medio de la inundación. Se pierde la noción de arriba y abajo, desaparecen las fronteras de lo tuyo y lo mío; las lenguas, como último reducto del tacto, exploran, se empujan, se entrelazan y laten como si fueran una. Alrededor nuestro todo ha desaparecido, ahora sólo sabemos de impulsos, gozos, llamaradas…

Las campanas de la Catedral anticipan el ocaso. Sin decir nada, nos separamos: cada uno vuelve a casa con sus hijos, su pareja. El secreto de la pasión anidada en nuestros labios hará soportable la rutina, al menos, hasta el próximo encuentro.


© Noriko pata pon (2009), Torre poniente de la Catedral, Ciudad de México en:

domingo, 31 de enero de 2010

Los refranes de la abuela

Para el Gordo, por la prehistoria

La idea era genial. Los chicos pusieron manos a la obra y fueron a buscar lo necesario. Encontraron en la cocina una bolsa de plástico delgado de buen tamaño. Colocaron agua hasta la mitad y luego, agregaron un poco de tierra, pasta de dientes y hasta pis —cortesía de Miguel—, entre todo lo demás. Una vez listos, salieron al balcón a esconderse y a cazar. La víctima se acercaba. Cuando llegó el momento preciso, todos contuvieron el aliento al tiempo que Luis soltaba la bolsa y…

El Lic. Suárez de la O mira el reloj y respira aliviado; aunque hay tiempo de sobra para llegar a la cita, aprieta el paso. Se descontrola al sentir un golpe en la espalda; luego, perplejo, descubre la humedad y se ve cubierto de lodo y otras porquerías. Por instinto, mira hacia arriba: tres pilluelos desaparecen veloces de las ventanas del tercer piso. ¡Jijos de la chingada!, ahora sí, la arma. Furibundo entra al edificio; unos vecinos que salen lo miran con asco y sorpresa. Conforme empieza a subir las escaleras, la imagen de una mujer ensopada y lanzando rabiosos improperios desde la acera viene a su cabeza, recuerda el corrillo de chicos que se carcajeaba. Se detiene al visualizar aquella tarde en compañía de sus amigos de infancia, da media vuelta. Cuando sale del edificio, ya nomás sonríe; por el celular, avisa al socio que ha tenido un percance y que no podrá llegar mientras evoca el refrán que tanto repetía su abuela: “el que la hace, la paga”.

© Pedro Matías (1970), La pandilla “Kaiser” en:
http://www.flickr.com/photos/imati/4146756043/

Algoritmo

Esta vez no habría equivocaciones, nada quedaría al azar. Sabía que los siguientes minutos eran determinantes cuando se sentó frente al monitor. Seleccionó hombre alto, atractivo, inteligente, sensible, responsable, sensual, con un gran sentido del humor, cariñoso, honesto, etc. Llegado el momento de pulsar el botón que materializaría su pedido, suspiró nerviosa. Voilà! El sueño se cumplió y fue una noche inolvidable, la mejor de su vida. A la mañana siguiente, descubrió un error fatal: no había marcado la opción de guardar. Pasó el resto de sus días con frustración, tratando de repetir el algoritmo.


Imagen que acompaña en:
http://ceisuss.files.wordpress.com/2008/11/the-red-button.jpg

viernes, 29 de enero de 2010

Marina


Siguió la luz verdosa, llena de curiosidad y alegría. Sabía que algo no iba bien pero sucumbió ante la seducción. La hermosa sonrisa no era sino una trampa y, poco a poco, fue arrinconándola sin remedio. Cuando se percató del peligro, luchar era un sinsentido. Se dejó conducir ligera hacia la superficie sabiendo que en breve, llegaría la asfixia. Era el precio que pagaba por enamorarse. Su última imagen fue el fondo húmedo del bote y ella, cubierta por la red, a los pies del pescador.

© Fesal Chain y Los poetas del mar (2004), Mar en:
https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjEUujksD_w-gSQ_81Xcv0nwJn9mXQe0kY_NPWcQMKrjiVbU0KzBAhH370Q1nZptH98WoFcqz1_7ubF4vQAU7AguP8kIcd4V5p9mBJzBIRHliinlL2ynl5rNJty3qSVmiSYK4g7a8RfRsI/s1600-r/mar1024agosto04.jpg

domingo, 24 de enero de 2010

El asesino de los números

El inspector encontró el número once dibujado en el lugar del crimen. Unos días más tarde, descubrió una pista parecida cerca la segunda víctima: ¾. Dos semanas después, un doble asesinato; dibujos de π y e sobre los cuerpos. “El análisis de los números conducirá al asesino”, vociferaban los periódicos. Sin embargo, cuando apareció el símbolo de א con el siguiente cadáver, el inspector renunció y sugirió que contrataran a un matemático para resolver el caso que, añadió, estaba a punto de superar lo trascendental y volverse imaginario. En la policía, nadie entendió a qué se refería.

martes, 19 de enero de 2010

La venganza

Todos los días, al volver de la escuela, el muchacho se detenía a la orilla del lago para lanzar guijarros pues le gustaba ver cómo rebotaban varias veces antes de hundirse, dependiendo del impulso.

Una tarde, el comisario del pueblo encontró al muchacho sepultado bajo una montaña de guijarros. Hubo una investigación y se determinó que la muerte era a causa de los innumerables golpes que había recibido en la cabeza. Nadie entendió cómo había podido suceder algo tan espantoso pero por precaución, se colocó un letrero delante del lago para advertir que estaba prohibido tirar piedras o guijarros.

El lago quedó aliviado al comprobar que su venganza había dado resultado.


© Marisadechile (2008), Borde Lago Llanquihue, Puerto Varas – Chile en:
http://www.panoramio.com/photo/62414

domingo, 17 de enero de 2010

En el blanco


La nave rebosaba de actividad frenética. Al comenzar la secuencia de lanzamiento, la voz femenina e impersonal de la computadora central se oyó por todos los altavoces: “diez… nueve…”. Todos los encargados ocupaban sus puestos y en sus caras se reflejaba la tensión del momento. En el centro de mando, la consola parecía una feria de luces. “Seis… cinco…”. El capitán miraba inquieto el horizonte, tratando de saber si la misión de vital importancia se completaría con éxito. El encargado del botón de lanzamiento sudaba. “Tres… dos… uno…”. Y ocurrió. Un cohete de propulsión a chorro salió disparado hacia el objetivo; todos contuvieron la respiración. Cuando el radar confirmó el acierto en el blanco, muchos vítores estallaron al unísono: ¡habían logrado fecundar al óvulo!




Imagen (fragmento) que acompaña Cabina de un transbordador espacial en: