
Fotografía de © Jesús Eduardo López (2008), Sembradío de magueyes en Singuilucan, Hidalgo.
Agradezco a Jesús la generosidad con este espacio.

El día se fue rasgando, poco a poco, hasta que la reunión con futuros inversionistas se canceló. A partir de ahí, el hundimiento del Titanic parece cosa de niños. Para salvarme, escapo a un bar. Pido un vodka tonic en la barra, cuando se acerca alguien que pregunta si puede acompañarme. Un rápido escaneo me permite descubrir que no es Leonardo DiCaprio pero considerando mi zozobra y su pinta de John Wayne, le respondo que sí. Conversamos un cuarto de hora y supimos que nos entendíamos. Me descubro arrojada y sin dejo de vergüenza, me gusta esta personalidad desparpajada a la Monroe. Vamos hilando fino hasta que se enuncia la posibilidad y como buen matador, se tira al ruedo y paga la cuenta en un santiamén. Salimos casi corriendo y al llegar a mi auto, suena su celular. Responde en automático y su gesto rompe el hechizo de luna: — ¿Si?… claro amor, ya voy de camino… ajá… paso a comprar la medicina… por supuesto… bye—. Al colgar, me mira apenado; no hace falta agregar nada y nos despedimos rápidamente. En cuanto arranco el coche, suena mi teléfono: —Bueno… ¡hola cariño!... estoy saliendo de la chamba y ya voy para allá… también te quiero—. Hay veces en que la vida nos toma por sorpresa y no hay ni pa’ dónde hacerse.
La sala está llena. Los guardias se mueven de un lado a otro cuidando que a nadie se le vaya la mano con las pinturas. De pronto, silencio y caras de sorpresa. Los de atrás se ponen de puntillas, los niños se abren hueco entre las piernas para poder mirar. Primero, sale una mano, luego una pierna. Con delicadeza, ella sale del cuadro y se limpia el polvo de las ropas. Un guardia le dice: —Señorita, haga favor de volver a su pintura—, a lo que ella responde: —Después de todos los años que llevo ahí, ¡ni loca!—. Abandona la sala dejando a todos pasmados. El museo ha cerrado sus puertas para realizar averiguaciones; se teme que otros personajes quieran seguir el ejemplo de la dama.
Equidistante, recorro con la mirada senos y tangentes, caderas convexas y cintura cóncava. Desde esta perspectiva, la simetría perfecta de tu superficie me genera deseo infinito por descubrir sus raíces y perderme en el interior, pero las líneas perpendiculares que has trazado impiden la integración. Una sucesión de números imaginarios me invade al límite y desgarra el vértice de infortunio. Nuestro amor no es más que un conjunto vacío. QED.
Por consiguiente, acá van mis nominaciones ganadoras, en orden alfabético, y porque el oficio y la constancia de cada una de ellas, sin duda, lo merece —y no importa si ya han recibido el premio o todavía no—:
Y, como son parte del trato al recibir el premio, acá les dejo mis siete rarezas personalísimas:
1. Soy muy dormilona y no me gusta levantarme temprano, pero si hay un momento del día que me parece mágico es —por extraño que parezca—, el amanecer.
2. Alucino los eventos sociales “tradicionales” como bodas, bautizos, graduaciones, despedidas de soltera y demás. Si por mí fuese, no iría a ninguno de ellos y esto no tiene nada que ver con el cariño que le tengo a los amigos que me invitan, ni se contrapone con mi gusto por fiestas y reuniones.
3. Me auto-saboteo para llegar tarde; es algo de mí que no me gusta y que me hace sufrir, pero no logro arreglarlo.
4. Desde que tengo memoria, uno de mis más secretos divertimentos es dibujar planos de casas y departamentos, considerando hasta la decoración interior.
5. A veces, me desdoblo y me oigo diciendo cosas que no entiendo por qué digo. Y me da rabia pero siempre me percato cuando ya lo he dicho y sé que no es algo que vaya conmigo. ¿Tendré doble personalidad?
6. En ocasiones al hablar con las personas, sin razón alguna, me pongo colorada; al darme cuenta, me da todavía más vergüenza y pareciera que estoy diciendo mentiras, cuando no es así. ¡Me caga!
7. Aunque soy una persona muy sociable tiendo, con los años, a atesorar más los momentos en solitario. Lo anterior se debe, supongo, a que disfruto mucho de mi propia compañía y jamás me aburro sola.
Ciega, se desdobla de deseo mientras el cuerpo se multiplica en forma exponencial y se dirige hacia lugares insospechados. Él no puede alcanzarla y desesperado, la ve fugarse cada vez más lejos a pesar de todos sus intentos. Ella lo percibe como un eco incomprensible y se aísla en la mitad de la noche con los sentidos embotados hasta que se agota. Él se queda flotando con el corazón roto y ella, se levanta de la cama insatisfecha pensando que quizá debería probar una novedad, algo que —de verdad—, la excite.
Se lanzó encima de mí como tormenta. No tuve ni tiempo de reaccionar. Tocaba mis mejillas con avidez y susurraba con ternura palabras que parecían grises y me llenaban de asco. Decía estar feliz de encontrarme después de tantos años. Con el mayor aplomo, le dije que se había equivocado, que yo no era la persona que buscaba. Al soltarme, dos lágrimas rodaron por aquel rostro y un manto de duda se instaló en sus ojos. Pidió disculpas y conforme la vi alejarse derrotada, me sentí un ser mísero. Había tenido la oportunidad de estar frente a mi madre, pero mi alma podrida no pudo aceptarlo.
— ¿Doble o nada?— pregunta la chica sonriente.
El grito de "no" se escucha en todo el local, seguido de una sinfónica interminable de berridos; cualquiera diría que lo estoy matando. Odio a este monstruo que se empeña en hacerme la vida difícil. Dos señoras me miran con muy malos ojos y les sonrío para no sentirme cual gusano pues sé que me reprochan la conducta con el pequeño, pero ¿qué quieren que haga? Se me ocurre cantarle esa canción con la que su madre puede controlarlo durante un buen rato; sin embargo, el muy infame, hace caso omiso de mis intenciones y sigue llorando a lágrima suelta. Me siento como un verdadero idiota al intentar mostrarle el caballito de peluche que tanto le gusta cuando, pérfido, da un manotazo que tira por los suelos además del caballito, los cubiertos y hasta el salero. Un mesero se acerca para ayudarme con el desperfecto y hace un gesto de complicidad, como para animarme un poco. Él debe saber a lo que me enfrento. Por qué me habré metido en este brete, si yo podría estar cómodamente en mi casa haciendo lo que me viniera en gana en vez de ser expuesto en público por este pequeño criminal. Yo nunca he querido tener nada que ver con los niños, de hecho, me molestan en exceso y considero que la mejor manera en que estén en el mundo es con una manzana en la boca y al horno. Por supuesto que no comparto este pensamiento con nadie, salvo algún amigo fiel que sigue pensando, como yo, que lo mejor es alejarse de estos alliens enanos que luchan por conquistar el mundo. Pero es que este que tengo enfrente, es el peor de todos y no encuentro la forma de hacerle callar; de comer, mejor ni hablamos. Hubiese sido tan fácil escabullirme de su presencia y, cuando su madre me pidió que lo recogiera de la guardería, debí haber dicho que no podía. Pero ahí voy yo, con mi tremenda bocota y mis ganas de agradar y conquistar a la dama en cuestión: me ofrecí inmediatamente como voluntario; en definitiva, tengo un gran corazón y este es mi castigo, lidiar con el dragón y hacer lo que pueda con esta batalla que de momento, voy perdiendo. Esto es un suplicio peor que la final de Cruz Azul y Pumas cuando van empatados a dos tantos y el árbitro silba el final del tiempo extra. El mocoso para de llorar y ahora... ¡no, por favor! Ha vomitado sobre mi traje recién sacado de la tintorería, me cae que lo mato por infeliz, ¿qué no se da cuenta que podría haberlo hecho sobre la mesa? Claro que no, me tiene a su merced, corsario del mal. Y lo sé desde el otro día cuando, después de cenar con su madre y de pasar a otros asuntos más meritorios, el cabrón se soltó a llorar y tuve que interrumpir mi mejor momento como paladín del amor para dejar que ella saliera corriendo de la cama y fuera a atender al querubín. Y por supuesto, después no hubo posibilidad de reanudar nada porque ella dijo que estaba cansada y que había perdido la inspiración. Nadie puede concentrarse con los chillidos que lanza, y eso que yo tengo buenas dotes pero, nomás no puedo. Intento sabotear el berrinche con un biberón pero ni me pela, ¿quién se cree que soy? Estoy sudando a mares, esto es peor que el cadalso. Ahora aparece la madre, ¡qué papelón! Le sonrío para que no me descubra en este momento de incapacidad máxima, y me pregunta como ha ido la cosa. El muy infeliz ha dejado de llorar en cuanto la ha visto y me mira, triunfante, desde sus brazos. -Bien, muy bien, somos muy buenos amigos, ¿verdad?- y acto seguido, me muerde el dedo pero hago como si nada, no me derrotará. Me escucho decir que me encantaría repetir la historia, no puedo creer lo hipócrita que estoy siendo y ella me mira encantada, muerde el anzuelo y me devuelve un beso. Al menos, ahora han cambiado los papeles y me declaro vencedor. Le digo que voy al baño un momento, y mientras me lavo la cara sudorosa pienso si estará bien todo lo que hago por mantener a una mujer en mi cama. Cuando vuelvo a la mesa, el diablillo está dormido, y ella comenta que le gustaría tener hijos conmigo. Pongo mi mejor sonrisa y con un guiño, le respondo que siendo suyos, podría hasta tener cuatro o cinco...
Todos los días, al volver a casa, doña Cheni mete la mano en su bolsillo y saca una moneda para, con sigilo, ponerla en una bolsa dentro de una caja que se encuentra debajo de la cama y, luego, sonreir. Sabe que son apenas diez pesos pero también, sabe que de grano en grano se hace un granero. Empezó cuando murió su marido y quedó sola a cargo de Beto, a quien con todo y todo, casi ha logrado sacar adelante ahora que está a punto de acabar la secundaria. Su comadre doña Lupe, la de la tiendita, le cambia las monedas por billetes y así, no se hace tanto bulto. Lleva años con su guardadito porque quiere comprar un terrenito allá en su tierra para pasar la vejez y, con suerte, lo logrará en menos de lo que canta un gallo. Por las noches, antes de dormir, doña Cheni reza a San Juditas para que le ayude a conseguir su sueño.
En honor a Gregorio Samsa y a una de sus más fervientes admiradoras, a quién hoy no dejo de recordar. ¡Ah! Y también para V, cuya voz siempre es un abrazo cariñoso que llega en el momento justo.