
No supo cómo aquel disco se coló en sus manos. Un momento y los retazos del pasado vinieron a asaltarla…
El cuerpo, lleno de soledades, buscaba consuelo esa noche. Encendió la computadora y se conectó a Internet. Vacilaba pero se decidió por aquel chat, un “poco” sórdido. Luego, las dudas se instalaron. Estuvo a punto de hacer “clic” y desaparecer por siempre, cuando él preguntó algo. Ya no sabe exactamente lo que charlaron pero sí recuerda esa sensación de “estar en casa”. Perdidos como estaban, se contaron sus historias, tristes, eso sí. Intercambiaron teléfonos. Él llamó enseguida y amanecieron cobijados por un espejismo. Quedaron ese mismo día, las ganas apremiaban. Pasaba del mediodía y él tocó a la puerta. No hubo flechazos. Con timidez, le ofreció un disco de regalo y contó una historia; a ella le pareció un lindo detalle. Después vino el silencio. Él tomó la iniciativa y se lanzaron al abismo. Varios intentos, los fantasmas de ambos se cruzaban. Finalmente, se durmieron abrazados. Despertaron más tarde y aunque lograron volar, fue evidente la lejanía —nunca llenes vacíos a la fuerza. Derrotados, se despidieron con un beso.
Ella mira el disco entre sus manos. Lo pone en el reproductor, la música es preciosa. Sonríe. No recuerda el nombre ni la cara; nunca volvieron a verse. Lamenta no haberle dado las gracias. Desde ese día, cada vez que quiere apresurar al corazón, evoca los recuerdos y escucha aquel disco… para jamás olvidar que el desamor es un trago amargo y difícil de pasar.
© i n i m i n i (2010), Solid en:
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