domingo, 12 de octubre de 2008

Máxima Gonclidiana

Cuando en el salón de clase los alumnos se despanzurraban y subían los pies a las sillas, mi padre les hacía este atinadísimo comentario: "Qué lindos pies te hizo Dios. Bien mereces otros dos."
La culpa es de Miguelángel por habérmelo recordado, cosa que agradezco infinito.

sábado, 11 de octubre de 2008

Fractales

Tenemos frente a nosotros un globo terráqueo y nos fijamos en ese continente alargado que recorre buena parte de la superficie del planeta. Un poco hacia arriba del medio, encontramos un país llamado México. Localizamos la capital y llegamos a ella; tengan cuidado con la altura, es engañosa. Nos desviamos hacia el sur donde cerca de un gran asta bandera, hay una casa naranja que tiene un cuarto con tres paredes. En una de esas paredes, cuelga un cuadro. En el cuadro se ve en primer plano el pasto, que en sus mil listados de tonos de verdes y amarillos, enmarca el resto. Luego sigue el azul infinito que brilla dorado por la luz del sol, debe ser otoño para lograr tener ese color. En el medio del cuadro hay dos sillas, una frente a otra. Una mujer sentada parece esperar a alguien pero no lo sabemos, es sólo una conjetura. Hay también una mesa de madera con varias cosas encima, entre ellas, una jarra con agua a la mitad y tres vasos. Nos preguntamos si es que en realidad, hubo una reunión que ya acabó y nosotros llegamos tarde. ¿Qué está esperando la mujer? Seguimos el recorrido. La mujer viste de blanco y lleva un sombrero con una cinta azul a juego con el borde inferior del vestido, que la cubre hasta los pies. En el regazo, tiene un gato medio adormecido, que ronronea suavemente. ¿Lo oyen? Ahora que nos descubre, abre los ojos. Nos mira con malicia y parece que se ríe. En los ojos del gato se ve un mundo, en el que se dibuja la forma de un continente alargado…

Diatribas personales


No crean que andaba muerta ni de parranda. Llevo unos días haciendo un par de encargos urgentes. Cuando los amigos piden algo, simplemente lo hago porque quiero y porque siendo Gagá, es un compromiso cuasi de sangre. La que fue deán me pidió que escribiera para su madre dos textos. Todo un honor y una tarea.
El primero versa sobre cuándo, cómo y con quién me inicié en la lectura y sobre qué libros me llevaría a “la isla”. Redactar mi inicio en la lectura fue fácil porque contar historias de familia me es siempre grato, pero lo segundo, me machacó la mollera durante varias noches. Finalmente, logré salir de un plumazo, un poco por casualidad y esbocé una tríada de libros que, según yo, me dibujan o me tocan el alma de una manera particular. Nunca me ha sido fácil hacer una lista de favoritos —a excepción del registro de las páginas de internet que guardo en mi computadora—, porque me parece que se queda mucho más en el tintero. Total, según mi visión, hay muchos favoritos que dependen de tal o cual circunstancia o momento, así que confiar en mi memoria para enlistarlos, me parece algo que de veras, no me va y siempre pienso que es más lo que se me olvida que lo que recuerdo.
El segundo texto de encargo es una semblanza de Cristina. ¡Coño, qué complicado me parece elegir las ideas para trabajar un escrito así! Me resuenan ya algunos trazos, pero de ahí a lograr algo se presenta un abismo cuasi insondable. ¿Qué elementos se eligen para la construcción de un texto de esta naturaleza cuando, de pronto, se tiene la idea de que casi no se conoce a la persona? ¿Cómo hacer que encajen los retazos de tiempo en un solo hilo? ¿Qué hacer para darle la fuerza, el respeto y el cariño que esa persona te merece?
En fin, atascada estoy. Ojalá y el tiempo sea magnánimo y me permita concretar la hazaña de manera honrosa y en un lapso relativamente breve. Invoco al dios que me presentó Ivanius hace un par de tardes, para ver si al menos, ilumina mis entendederas y me da bríos para afrontar la infinita cuartilla blanca…

miércoles, 8 de octubre de 2008

Danzón a cuatro tiempos o la importancia de llamarse Ernesto

Primer tiempo
Para que ocurra un encuentro, se necesitan muchas piezas en el tablero. Algunas de ellas, están regidas por la casualidad, tal fue mi caso y otras, como parte de un camino, tal era el caso de él. Estuve a punto de no ir, aunque ganas no me faltaban y si la curiosidad mató al gato, quién sabe qué puede hacerle a una paloma. Lo decidí casi al momento y me enfilé hacia el encuentro con mi propia historia.

Segundo tiempo
Ya lo decía la canción “…quién dijo que todo está perdido…” pero yo nomás no quería creerle. En la vida de cualquiera existen esos instantes supremos en los que no se sabe de qué va la cosa, pero como nos agarran desprevenidos, el corazón se desbalancea y no hay nada más que hacer. Porque, como pasa con Gwendolen, sin conocerle se le quiere únicamente por llamarse Ernesto. Yo pensé que era normal que eso me hubiese ocurrido en el pasado, pero ahora sé que me equivoqué.

Tercer tiempo
Llegué y la música sonaba, apenas como una sugerencia o como un rompecabezas cuando empieza a armarse. Esa rara sensación que ocurre cuando no conoces a nadie y sientes que invades otro territorio, otro mundo que nunca antes habías pisado. Callada, tímida y sin siquiera haberme arreglado un poco, tipo noquieroquenadiemevea, me senté en un rinconcito. Él se presentó solito y la luz de su sonrisa iluminó aquella tarde de octubre. Hubo un click suavecito, que poco a poco, se transformó en clack conforme discurrían los minutos y las horas.

Cuarto tiempo
Muy a la carrera, nos dimos varios abrazos de despedida, como quien no quiere irse y tiene que, forzado, emprender el vuelo. Intercambiamos números telefónicos, no se bien por qué. Probablemente, nunca lo vuelva a ver, a pesar de mis pesares. Pero ese algo que vibró dentro de mí hace que no pueda dejarlo pasar desapercibido. Así que sin dudarlo un momento, le dedico este danzón para la gloria y para el fuego…

martes, 7 de octubre de 2008

¿Involuciones?



Después de muchas vueltas y cambios, el ser humano desarrolló un complejo sistema de comunicación dotando a los signos de significado o a los significados de signo, según como se vea. Y eso ocurrió luego de que la evolución hiciera su trabajo al proporcionarnos este aparato vocal que, aunque a veces no lo parezca, es una maravilla. El punto es que surgió eso que hoy llamamos lenguas y que son, en casos como el nuestro, una verdadera complejidad: sistemas intricados de capas que, emulando a una cebolla, poseen reglas particulares que dictaminan la construcción de ideas para expresarlas y compartirlas. El lenguaje que desarrollamos fue mucho más allá, y se plasmó en diversos medios escritos, electrónicos, pero también sirvió para transmitir ideas sin palabras (que tampoco es novedad en la historia de la humanidad) y palabras sin ideas (¡toda una revolución!). Hasta ahí, suena más o menos bonito, ¿no? Ahora bien, ¿qué es entonces lo que está ocurriendo ahora? Me explico.
Pasamos buena parte de nuestras vidas hablando, diciendo palabras que significan tal o cual cosa. Hay quienes hablan más que otros, pero de eso no voy a hablar aquí ahora. Sin embargo, me viene pareciendo frecuente el hecho de que lo que se dice ya no está comunicando ideas, sino que nomás se dice y el viento se lo lleva. ¿Quién no se ha visto sorprendido por un jefe, un amigo o hasta un desconocido que dice algo que, de pronto, nos es imposible entender? Cuando me di cuenta las primeras veces, pensé que a lo mejor me estaba quedando tonta (que bien puede ser cierto, aunque eso es harina de otro costal), pero son ya tantos los ejemplos que mi tesis inicial ha cambiado radicalmente. Las personas a nuestro alrededor hablan (y conste que yo no me salvo del ejemplo) y dicen suponiendo que nosotros sabemos algo que no se dice, pero como los que escuchamos no sabemos, pues no entendemos. Huelga decir que la cantidad de malentendidos en la actualidad por esta falta de comunicación, me parece alarmante. Puede que el caso no sea nuevo en la historia, pero es que cada vez pasa con mayor frecuencia, no hay derecho...
Además, al menos en el entorno en el que me muevo, el número de palabras utilizadas tiende a reducirse dramáticamente. Pareciese que todos estos siglos que nos dieron riqueza en la lengua, no han servido de nada, porque ahora, como pasa con los celulares, está de moda el disminuir más y más el tamaño de las cosas. Y por si fuera poco, se nos hace más cómodo usar palabras prestadas de otras lenguas que construir las propias, además, eso se ve como una acción en contra de la modernidad. El afán reduccionista nos invade a tal grado, que dicen por ahí, que en la actualidad, el número de palabras usadas cotidianamente por un adolescente mexicano ronda por las cien… ¿qué se hace entonces con el resto del diccionario? ¿Lo tiramos a la basura y ya? O para remar en contracorriente nos dedicamos a usar otras palabras que en poco nadie más conocerá, asumiendo el riesgo de que todavía, nos entendamos menos.
Como si no faltaran motivos, la vida contemporánea sigue dándonos razones para reducir aún más el número de palabras que usamos. ¿Para qué escribir toda una frase diciendo “estoy muy feliz” si podemos ahorrarnos el tecleo con sólo tres signos, a saber :^D, que además, dependiendo del contexto, puede tener un montón de otros significados ocultos y acaso, desconocidos para nuestro interlocutor? Y luego vienen las paqueterías que todos usamos en las computadoras que desconocen muchas palabras, pero eso sí, nos permiten agregarlas al “propio” diccionario. Está bien que una lengua es un sistema en movimiento que se modifica constantemente, pero ¿a poco a tal grado que cada quien puede armar su propio diccionario? Porque, no es que sea yo enemiga de la pluralidad (me parece maravilloso que cada cual construya su propio diccionario) pero dudo mucho que, a estas alturas, existan muchas personas que se dediquen a enriquecer sus paqueterías.
En fin, que me parece trágico que todo lo anterior suceda y para empeorar el asunto, sucede bajo nuestras propias narices y sin darnos apenas cuenta. ¿Qué camino debe elegir el que se dedica a estudiar el lenguaje, el que se dedica a enseñarlo o el que lo usa en su labor cotidiana? ¿Y los que son puro lenguaje y lo escriben y lo hablan como forma de vida? ¿Qué elección personalísima tenemos, si es que la tenemos de veras, cada uno de nosotros, de contribuir o no a esta hecatombe? ¿Qué hacer si cada vez nos entendemos menos? No tengo la menor idea de qué decir ante todas estas preguntas que planteo y por eso es que resolví publicarlas, para ver si alguien puede ayudar a desenmarañarme.

La increíble historia del Circo Fabulópolis

Para Ana y Emilia, ellas saben por qué

Estaba muy triste aquel día. Recién sabía que teníamos que cambiarnos de ciudad y por lo tanto, dejaría de ver a todos mis amigos. Aunque respondí que no quería, mis padres me dijeron que ya todo estaba arreglado y que al acabar el curso, nos iríamos para que yo terminara la primaria lejos de allí. Desconsolada y enojada pero sin saber qué hacer, salí a dar un paseo por el bosque que rodeaba el pueblo.
Caminé distraída durante un buen rato, siguiendo el sendero verde y el vuelo de alguna mariposa. Después de un tiempo, me senté en una gran piedra que encontré y apreté un momento los ojos para contener las lágrimas. Cuando los abrí, lo vi ahí. Medía no más de cincuenta centímetros, aunque por su chistera, parecía más alto. Tenía la cara palidísima, sobre la cual afloraba una puntiaguda nariz y unos bigotes negros y largos que se parecían a los de aquel señor Gaudí, de la foto que mi madre tiene en la pared de su estudio. Con levita negra y camisa blanca almidonada, me hizo una reverencia de lo más ceremoniosa y habló:
— Muy buenas tardes, señorita. ¡Bienvenida al Circo Fabulópolis!
Yo miré hacia atrás pensando que le hablaba a alguien más, pero no había nadie. Tenía que ser a mí…
— El circo… ¿qué?
— Fabulópolis… ¡Pase, pase! Venga por aquí… — dijo indicándome que lo siguiera.
No se por qué lo seguí, pero me llevó a un claro donde asomaba la carpa con los colores más vistosos que nunca había visto en mi vida y de la que salían un gran alboroto musical y de voces. La función había comenzado cuando por fin entré, pero no recuerdo nada más. Me queda la impresión de que aquel día me reí como nunca antes y de que una gran ola de felicidad me inundó el cuerpo. Volví a casa ebria de emociones y sabiendo que todo estaría bien en mi nuevo lugar de residencia, como efectivamente comprobé más tarde.
Nunca volví a aquel lugar y luego de muchos años, conseguí casi olvidar el incidente. Eso sí, desde hace algún tiempo a la fecha, cada vez que la vida parece atorarse, el Circo Fabulópolis emerge en mi corazón y de pronto, me siento mucho más tranquila.

Imagen que acompaña y que inspiró esta historia: Isabel (2008), El Circo Fabulópolis, detalle del mural colectivo La ciudad.

lunes, 6 de octubre de 2008

Rincón escolar

¿Quién dijo que la escuela no puede ser divertida?


Panorámica de La ciudad.


Pizzería, edificios y rascacielos.


Teatro, tienda de colchones y shopping center.


Librería.


Disco Dance-dance, calles y sistema de alumbrado.

Mural colectivo en aula de clase de segundo de secundaria, La ciudad (2008), idea original de la princesa Sabrina y el Sr. Memo, con la colaboración de las otras dos "Gracias", Isabel y Graciela, y diversos anexos apuntados.

sábado, 4 de octubre de 2008

¿Un tequila?

En un restaurante, casi a la hora de terminar la cena, el mesero nos ofrece un tequila.
— No gracias—, respondo. — Mejor tráiganos la cuenta y un policía.
— Mejor les traigo la cuenta y un tequila... para despistar al policía.

Vértigo

De pronto, sólo vacío, rastros de algo que nunca fue y que no va a ser, ¿o sí? La eterna duda me fulmina. Intento agarrar con mi mano las horas, para desgranar lentamente los minutos y pensar… ¿Pensar qué? No hay nada que pensar; si acaso, dejar que la desesperanza se deslice y nos llene de otra cosa, que el pasado pase sin que nos detengamos en los detalles para después ser libres. Todo callado, todo sereno. Me atoro con lo nimio, lo que no debería ni siquiera producir un alto en el camino. Tirar hacia delante y no mirar atrás, hacer de cuenta que nada sucedió. Salir volando y pretender que nunca se estuvo aquí. Me aburro de ver pasar tantas líneas, tantos trazos que dibujan no sé qué cosa y se pierden en el infinito. Total, ni respuestas hay y las que hubiere, no las entiendo. Eso es, perderse y difuminarse, convertirse en fantasma hasta que el entorno nos trague para salir del cuadro pintado de grises, como la tarde plomiza que me estruja el alma.

jueves, 2 de octubre de 2008

Cuarenta años después...

...no olvidamos y sabemos que queda mucho por resolver!

Hoy, la mañana tiene el gusto dulce de una ciruela


Despiertas. No abras los ojos, todavía. Quédate inmóvil un instante y mírate por dentro. Siente cómo el borde del pijama se te clava en la pierna izquierda mientras que el dedo meñique está doblado bajo la mano derecha. Siente el sabor acre de tu boca que anuncia que ayer fumaste demasiado. Fíjate en el trago de saliva, que baja poco a poco por la garganta. Te da comezón en una oreja, no te rasques, siente las cosquillas. Nota cómo las tripas reclaman y se mueven en la región abdominal. Trata de saborearte y sentir cómo puedes percibir el latido del corazón en cualquier parte de tu piel, tenue pero constante. Escucha los sonidos a tú alrededor: el camión de la basura que va pasando, un claxonazo lejano, el canto de los pajaritos. Trata de imaginarte cómo será el día de hoy, si estará nublado o soleado. Experimenta el día antes de vivirlo como un cúmulo de sensaciones. Abre los ojos. Siente cómo la luz penetra por ellos, suave y pasajera. Mueve los dedos de tus pies y fíjate cómo la sangre los recorre en un instante. Ponte en pie, mira cómo la columna carga tu cuerpo; nota cómo el cuello tira en aquel lugar donde ayer, lo forzaste en un giro. Estírate y lleva tus brazos al techo, consiéntete con un respiro profundo que mueva tus costillas. Ve hacia el baño, mójate la cara y percibe cómo reacciona tu piel al contacto con el agua fría. En la cocina, prueba el jugo o el café o la leche o lo que quieras, pero date un clavado en el sabor que recién entra por tus sentidos. ¿Ya sentiste el escalofrío antes de meterte al baño? Ahora siente cómo el agua escurre por tu cuerpo, cómo tus músculos se contraen o se extienden ante su presencia, cómo el olor del jabón se dirige a tu cerebro y te transmite el recuerdo de aquel lugar de infancia. Apapáchate y abrázate con la toalla. Siente el tejido de la ropa que te pones, el roce suave del suéter y el áspero del pantalón. Mete tus pies en los zapatos, deja que se acomoden y que te digan que están prontos, antes de dar el primer paso. Ahora sí, después de sentirte, estás lista. Puedes salir al mundo.
PD. Se agradecen las acotaciones de los atentos lectores a los desperfectos del texto.